¡Hola a todos, queridos lectores de Hanami Dango! Para el día de hoy os hemos querido preparar nuestra recomendación de la película La chica que saltaba a través del tiempo. Como todos sabréis, su director es el grandísimo Mamoru Hosoda, a quien estamos dedicando gran parte de nuestro tiempo este mes debido al inminente estreno de su próxima película: Scarlet. Estamos encantados de homenajear a uno de los directores de animación más influyentes del cine actual. Alguien capaz incluso de crear su propio estudio de animación, Studio Chizu. Así que hoy nos vamos a centrar en La chica que saltaba a través del tiempo. Se trata de su primera película original tras abandonar Toei Animation. Se dice que fue en esta cinta donde Hosoda consolidó ese estilo tan suyo, tan único e inconfundible.

Título: La chica que saltaba a través del tiempo.
Titulo original:Toki o Kakeru Shōjo (時をかける少女).
Director: Mamoru Hosoda.
Estudio: Madhouse.
Género: ciencia ficción, romance, drama escolar, viajes en el tiempo.
Año: 2006.
Distribuidora: Selecta Visión.
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¿Qué harías si pudieras dar marcha atrás en el tiempo? Esta es la pregunta que se hace Makoto Konno, una muchacha normal y corriente, cuando un buen día descubre que posee la habilidad de saltar literalmente a través del tiempo. Gracias a este don, Makoto puede hacer lo que quiera: evitar los accidentes, repetir los exámenes tantas veces como quiera, comer sus platos favoritos hasta hartarse, ayudar a sus compañeros con sus primeros amores… Pero muy pronto descubre que todo está interconectado y que sus actos, por bienintencionados que sean, pueden llegar a tener consecuencias nefastas en las vidas de aquellos que la rodean. Cambiar el pasado puede ser un don muy peligroso, especialmente cuando se tiene que aprender a vivir sin él…
¿Te atreves a dar el primer salto?
Nos gustaría empezar esta recomendación de La chica que saltaba a través del tiempo hablando sobre una curiosidad que pocos conocen. En realidad, la película es una secuela indirecta de la novela que lleva el mismo nombre y que fue escrita por Yasutaka Tsutsui en el año 1967. Es muy posible que, si habéis visto la película, os haya picado la curiosidad por saber algo más de la tía de Makoto, ya que esta deja entrever que sabe mucho más de lo que debería sobre lo que le está ocurriendo a su sobrina. Esto es precisamente porque la querida tía de Makoto, Kazuko Yoshiyama, es en realidad la protagonista de la novela original.

Y es que esta historia no para de dar saltos en el tiempo. Desde la publicación del libro en 1967, pasando por el estreno de la secuela en forma de película en 2006, hasta nuestros días y seguramente muchísimo tiempo después en el futuro. Han pasado 20 años desde su estreno y esta cinta sigue resonando con una fuerza especial. Porque el maestro Hosoda sabe muy bien los puntos exactos donde rozar nuestra sensibilidad y robarnos pedacitos de nuestros corazones. ¿Quién de nosotros no ha deseado nunca tener el poder de volver atrás en el tiempo? Borrar una palabra que no debió salir de nuestros labios. Tomar una decisión diferente de aquella que estropeó algo importante. Repetir aquel día que fue perfecto…

Hosoda nos presenta una historia aparentemente sencilla. Tranquilos días de instituto, tardes con los amigos, veranos que parecen interminables… pero que terminan. Y cuando la diversión parece terminar, es cuando te das cuenta de que esta historia que antes hemos dicho que era aparentemente sencilla, no lo es en absoluto. No es solo una película tonta más sobre viajes en el tiempo. Es una reflexión sobre madurar. Es una lección inevitable que había empezado como un juego y que ha cambiado por completo la vida de los protagonistas y, probablemente, nuestra forma de pensar. Porque aunque a veces pensemos que sí, la realidad es que no somos del todo conscientes de cuánto pueden afectarles a los demás nuestras palabras o nuestros actos.
Y es que cuando os estamos haciendo una recomendación de La chica que saltaba a través del tiempo, la pura verdad es que os estamos recomendando una experiencia íntima. Es una obra que de una forma divertida y sencilla le habla directamente a tu alma del miedo a avanzar. De la tentación de vivir anclado en la comodidad. Del dolor que implica aceptar que no todos los errores se pueden reparar. Y, por encima de todo, del valor necesario para asumir los riesgos que debes correr para ser feliz. Lo cierto es que La chica que saltaba a través del tiempo es casi como un recuerdo de verano: algo que puedes repetir en tu memoria miles de veces y que sabes que siempre te acompañará.
Makoto: madurando a base de errores

Lo que más mola de Makoto es que no es la típica tía superguay que sabe cómo viajar en el tiempo. De hecho, ni siquiera tiene por qué caerte bien. Es una chica terriblemente normal. Es demasiado impulsiva. A veces es una persona superegoísta. Le faltan kilos de inteligencia emocional. No tiene ni idea de lo que es la responsabilidad afectiva. Pero también es más buena que el pan. Es leal. Es generosa. Y, por encima de todo, es profundamente humana. Podría haber ido a tu clase. Te la podrías haber cruzado yendo a por el pan. Podrías ser tú.
¿Qué harías tú si un día descubrieras que puedes saltar en el tiempo? A lo mejor ahora respondes que lo primero sería salvar el mundo. Pero lo más probable es que todos acabásemos haciendo lo mismito que Makoto: arreglar pequeños descosidos del día a día. Levantarnos más temprano para no llegar tarde a aquel sitio. Evitaríamos una situación vergonzosa que vivimos ayer. Alargaríamos horas y horas el fin de semana. Pues justo esa es la magia que tan bien sabe hacer Hosoda. Nos hace conectar irremediablemente con una fantasía a través de lo cotidiano. Y va más allá, cuando consigue esa conexión, nos lanza una lección de vida tremendamente valiosa. Nos convierte en su protagonista.

Makoto no aprende porque haya venido alguien a explicárselo. Aprende de la misma forma en que tú y yo hemos aprendido: equivocándose una y otra vez. Cuando Makoto descubre que puede saltar, no lo vive como una responsabilidad, sino como una oportunidad maravillosa para no salir de su zona de confort. Así que, al contrario de aquello a lo que las historias en las que aparecen superpoderes nos tienen acostumbrados, el poder no la hace madurar. Todo lo contrario. Le hace prolongar su inmadurez acumulándole intereses a un precio a pagar.

Aquí es donde Hosoda nos alcanza con una metáfora clarísima. Los saltos en el tiempo son el reflejo exacto del miedo a crecer. Y es el propio sentido de responsabilidad emocional de Makoto lo que termina obligándola a enfrentarse a las consecuencias de sus actos. El crecimiento de Makoto llega cuando comprende que no puede pasarse la vida huyendo. Que no puede evitar sentir dolor o herir a alguien a quien quiere. Lo que ayuda a Makoto a avanzar no son los saltos en el tiempo como tal, sino alcanzar la aceptación de que cuando tomamos una decisión, también estamos perdiendo algo. Que crecer también implica equivocarse. Y lo más importante; que aunque nos equivoquemos, hay que seguir adelante.
El valor de lo cotidiano
En La chica que viajaba a través del tiempo Hosoda nos imparte una lección que tarde o temprano todos debemos aprender. Y cuanto más temprano, mejor. Y es que la vida se compone de pequeños fragmentos de lo cotidiano que son más preciosos de lo que imaginamos mientras los estamos viviendo. Lo que al final más valoramos no son momentos épicos y espectaculares. Son pequeños detalles del día a día. Y eso es justo lo que Makoto se ve obligada a aprender.

Algo que resulta magistral es cómo Hosoda hace uso de los espacios cotidianos en la vida de Makoto para cargarlos de significado. No necesita escenarios futuristas ni paisajes de ensueño de los que solo se ven una vez en la vida. Le basta con mostrarnos repetidamente un instituto, un campo de béisbol, un río de lo más normal o un trayecto repetido a diario en bicicleta. Porque si lo pensamos detenidamente, nuestra realidad es así. Los momentos más trascendentales de nuestras vidas no los hemos vivido en el Coliseo de Roma ni en lo más alto del Everest. Aquellas pequeñas cosas que nos han cambiado la vida lo han hecho desde dentro de nuestro día a día.
Tal y como le ocurre a Makoto. Tardes que se alargan sin ningún motivo aparente, conversaciones a medio terminar, una comida compartida, una broma recurrente… En esta recomendación de La chica que saltaba a través del tiempo no queremos dejar pasar la oportunidad de poner en valor lo cotidiano. Porque todo aquello que forma parte intrínseca de nuestra normalidad, por norma general, no lo valoramos hasta que empieza a resquebrajarse. Y justo esa es la mayor fuerza emocional de la película.

De hecho, los saltos en el tiempo, lejos de sacar a Makoto de su rutina, lo que hacen es remarcarla. Makoto utiliza su recién adquirido «superpoder» para congelar esos momentos cotidianos en un presente eterno. Pero lo que consigue con ellos es justo lo contrario. Esos momentos cotidianos llenos de magia empiezan a sentirse vacíos y mecánicos al perder su naturalidad. Avanzar, crecer, madurar, son cosas que no son simplemente ineludibles. Son lo que Makoto necesita aunque aún no lo sepa. Porque los viajes en el tiempo quizá no sean solamente volver atrás, sino algo más importante, aprender a estar presente en esos momentos antes de que se conviertan en recuerdos.
El «te estaré esperando» de Chiaki

Esta no sería una buena recomendación de La chica que saltaba a través del tiempo si no mencionásemos a Chiaki ni a Kouseke. Porque sin ellos la película no tendría el menor significado. Nuestros chicos no necesitan grandes discursos para dejar huella. Su sencilla presencia, aparentemente despreocupada y tranquila, la calma que transmiten, esconde la mayor fuerza emocional de esta historia. Son el ancla de Makoto. Lo que la mantiene sujeta al presente y lo más importante para ella.
En concreto, Chiaki y Kouseke son la personificación de ese presente perfecto que Makoto no desea que cambie por nada del mundo. Y cuando «ese sentimiento» comienza a tratar de dar la cara, la primera reacción de Makoto es saltar, evitar, retroceder. No quiere avanzar porque no quiere que nada cambie. Pero, por mucho que intentemos congelar un momento, el mundo no deja nunca de girar. Y, queramos o no, tenemos que movernos con él.

Chiaki parece entenderlo perfectamente. De alguna manera, él sabe que ella no está preparada para aceptar algo que él ya aceptó. Que los momentos más valiosos de la vida lo son precisamente porque no se pueden repetir. Chiaki ha aprendido a vivir esos momentos desde la calma, con la honestidad de los sentimientos más puros y sencillos. Y no trata de forzar a Makoto a aprender nada. Prefiere dejar que sea el propio tiempo quien la enseñe y ella misma quien aprenda.
Por lo tanto, cuando Chiaki le dice a Makoto que la estará esperando, lo que en realidad está haciendo es ofrecerle el espacio que ella necesita para crecer. No trata de salvarla, ni de darle respuestas fáciles. Lo realmente devastador de su gesto es lo irremediablemente humano y generoso que es. Es la demostración de que amar a veces solamente requiere confiar en el otro y en el tiempo para que todas las cosas encuentren su lugar.

Conclusiones: el gran mensaje final
El verdadero final de La chica que saltaba a través del tiempo llega cuando Makoto comienza a aceptar que hay que vivir dentro del tiempo en lugar de intentar controlarlo. Aquí Hosoda, como el genio que es, no plantea el tiempo como un enemigo contra el que luchar, sino como el gran maestro de la vida. Aquel que ofrece segundas oportunidades, aunque no de manera infinita. Es quien nos permite equivocarnos, pero no nos deja repetir el examen eternamente. Quien nos enseña a proteger cada momento feliz, pero sin encadenarlo, simplemente fluyendo con él y conservándolo en la memoria como el tesoro que es.

Recomendar La chica que saltaba a través del tiempo no es recomendar algo visualmente espectacular, ni un rato entretenido; es la recomendación de una película que, literalmente, puede cambiarte la vida. Si la vida no te ha enseñado ya esta lección, Hosoda ha venido a mostrártela sin aspavientos. Con la sencillez del día a día. Y el mensaje que está tratando de transmitirnos se lee con la claridad del cielo despejado en un día de verano.
Avanzar puede doler, pero quedarse atrás aún duele mucho más. Avanzar a veces implica renunciar a algo valioso, asumir la consecuencias de nuestras decisiones, aceptar que no todo va a ser lo que esperábamos. Pero también significa conocer las maravillas que puede depararnos el futuro, las increíbles personas a las que conoceremos, los reencuentros que tanto hemos esperado y los nuevos momentos que atesoraremos. Porque así es la vida, se enreda, se cruza, nos distancia, nos acerca y hace miles de nudos que se atan en nuestros corazones para siempre.

Hosoda hizo de La chica que saltaba a través del tiempo una obra imprescindible del anime. Una película sencilla, humana y honesta. Una cinta que nos enseña sin artificios que la vida está para vivirla. Que los días normales y aparentemente insignificantes son los que echaremos de menos cuando el tiempo haya pasado. Que a veces lo mejor está por llegar, pero eso no significa que tengamos que desmerecer el presente. Y que avanzar, aunque asuste, es algo que tiene una belleza inconmensurable. ¿Y vosotros qué pensáis? ¿Habéis dado ya vuestro gran salto hacia las maravillas de Hosoda? Estamos deseando leer vuestros comentarios, ya sea a través de aquí o en nuestras redes sociales. ¡Un gran abrazo para todos!


























