¡Hola, lectores de Hanami Dango! El 29 de julio de 2006, Studio Ghibli estrenaba en Japón Cuentos de Terramar (Gedo Senki), el debut como director del hijo de Hayao Miyazaki, Gorō. Dos décadas después, revisamos qué salió bien y qué salió mal al llevar la saga literaria de Ursula K. Le Guin a la pantalla.
Historia de una adaptación
Hay pocas adaptaciones de animación que carguen con un peso literario tan grande como el de Cuentos de Terramar. La saga de Ursula K. Le Guin, publicada entre 1968 y 2001, es una de las piedras fundacionales de la fantasía moderna, comparada a menudo con El Señor de los Anillos por su influencia en el género.
Cuando Studio Ghibli anunció que llevaría Terramar a la gran pantalla, las expectativas eran altísimas. Veinte años después del estreno, el resultado sigue siendo uno de los capítulos más controvertidos de la historia del estudio.
Pocos recuerdan que la historia de esta adaptación no empieza con Gorō, sino con su padre. Según relató la propia Le Guin en su web oficial, Hayao Miyazaki le escribió por primera vez para pedirle los derechos de Terramar mucho antes del estreno; en aquel momento ella no conocía su obra y asociaba la animación con el estilo Disney, que no le gustaba, y rechazó la propuesta.

Le Guin conoce a Miyazaki
Años más tarde, tras descubrir Mi vecino Totoro, Le Guin cambió de opinión por completo y se convirtió en admiradora declarada del cineasta. Retomó el contacto a través de su traductora japonesa y comenzó una correspondencia con el productor Toshio Suzuki en la que, según cuenta ella misma, insistió en que sería un error introducir cambios radicales en la historia o los personajes, dado lo conocidos que eran los libros entre los lectores japoneses y occidentales.
En agosto de 2005, Suzuki y Hayao Miyazaki visitaron a la autora en su casa. Fue entonces cuando se anunció una decisión que la sorprendió: no sería Hayao quien dirigiera la película, sino su hijo Gorō, que nunca antes había dirigido nada. Durante el encuentro, a Le Guin se le aseguró que el proyecto contaría siempre con la supervisión de Hayao.
Con la película ya en marcha, la autora comprobó que esa supervisión nunca llegó a materializarse: padre e hijo apenas se dirigieron la palabra durante la producción.

Seis libros, tres décadas
Para entender la magnitud del error de la adaptación, hay que hacer algo que seguramente Gorō Miyazaki no hizo: conocer el material de partida.
La saga de Terramar está compuesta por cinco novelas y un volumen de relatos, escritos en dos tandas muy distanciadas en el tiempo: la trilogía original (Un mago de Terramar, Las tumbas de Atuan y La costa más lejana) y una segunda etapa, más tardía y más adulta, formada por Tehanu, En el otro viento y los Cuentos de Terramar. Le Guin, hija de antropólogos, empapó su archipiélago imaginario de taoísmo, anarquismo libertario y feminismo.
Todo ello con una interesante premisa: narrar los inicios de un mago. A menudo, en la fantasía tenemos a hechiceros que son ancianos, como Merlín, de los mitos artúricos, o Gandalf, del legendarium de Tolkien, pero ¿cómo fueron de jóvenes?
A partir de esa pregunta nació Ged, el Gavilán, un joven al que acompañaremos desde sus primeros días en su aldea hasta que llegó a ser un Archimago, sin olvidar su periplo por una escuela de magia (muchos años antes de que esto se pusiera de moda por J. K. Rowling, por la que, por cierto, Le Guin siempre mostró una clara antipatía por cómo la autora de Harry Potter mostraba desdén por la fantasía).

La filosofía de Terramar
El sistema mágico de Terramar se basa en el Idioma Verdadero, el nombre secreto que posee cada ser y cada cosa; conocerlo da poder, y todo poder tiene un precio. Más tarde, varios autores se lo copiaron, como Christopher Paolini, autor de Eragon, o Patrick Rothfuss, creador de El nombre del viento.
Podríamos relacionarlo con el poder que tienen los nombres en la cultura asiática, una cuestión que muchos occidentales comprendimos con la magistral El viaje de Chihiro de Hayao Miyazaki. En ella, Chihiro no da su nombre a la bruja, porque si se lo da, la bruja puede tener poder sobre ella. El punto de partida de la magia de Terramar es muy similar.
Todo ello en el mundo de Terramar, que a diferencia de otros mundos de fantasía, brilla por ser un extenso archipiélago, algo con lo que los japoneses podrían haberse sentido identificados.
Otro concepto clave de la obra es el equilibrio: el mundo se desequilibra cuando alguien pretende romper el ciclo natural, normalmente por codicia o por miedo a morir, y los otros personajes afrontan este problema.
En la maravillosa La princesa Mononoke, también tenemos el enfrentamiento entre dos fuerzas opuestas: la naturaleza y el avance sin miramientos de la humanidad.
Y en los libros posteriores, especialmente Tehanu, Le Guin desmontó buena parte de su propio mundo desde una mirada feminista, dando protagonismo a personajes femeninos (Tenar, Therru) que la trilogía original había dejado en un segundo plano.
En muchas ocasiones, los personajes femeninos de Ghibli han brillado por ser muy distintos a otros personajes femeninos hipersexualizados del anime. Chihiro, Mononoke, Kika, las hermanas de Mi vecino Totoro… son solo algunas de las jóvenes que han marcado la diferencia dentro de la animación nipona proveniente de Ghibli.
La versión de Ghibli
Como hemos visto, Terramar podría haber encajado con Ghibli, ya que compartían temas y enfoques. Desgraciadamente, no fue así.
Cuentos de Terramar de Gorō Miyazaki toma el título de la colección de cuentos y luego hechos e ideas de La costa más lejana y Tehanu para construir una trama nueva. Sin embargo, a menudo, no se entienden los cambios que se hacen.
Por ejemplo, en la película, el príncipe Arren asesina a su padre (nunca sabremos muy bien por qué) y huye, cruzándose con el archimago Ged, quien investiga por qué la magia está fallando. Si hubiésemos sabido más de las motivaciones de Arren y de cuál es el mal que lo posee, podríamos haberlo entendido.
Por el camino, Ged se reencuentra con Tenar, su vieja amiga, a la que salvó muchos años atrás de ser una sacerdotisa de un dogma dedicado a la muerte. La granjera vive con una niña que ha adoptado. La joven (mayor que en los libros) tiene media cara quemada y es llamada Therru. Toda la parte de los abusos que sufrió queda pobremente contada en el film.
Juntos (y de una forma demasiado previsible) se enfrentarán a Cob, el hechicero que, en su búsqueda de la inmortalidad, ha caído en el lado oscuro y ha causado que la magia y Terramar se esté corrompiendo. En vez de tener a un personaje que parezca salido de las páginas de Le Guin, tenemos a una especie de villano turbio al estilo Orochimaru de Naruto. Una lástima.

Lo positivo y lo negativo
Para empezar por lo positivo, la cinta mantiene el sello Ghibli: fondos pintados con enorme detalle, animales dibujados con ternura y una banda sonora que incluye el tema interpretado por Aoi Teshima. Por todo esto, ya supera la fallida versión live action, que seguía más la fantasía épica de la época que el espíritu de la obra de Le Guin.
Narrativamente, sin embargo, Cuentos de Terramar falla al simplificarse. Hay elementos que no desarrolla y la historia se vuelve predecible al sacrificar el estilo pausado e introspectivo de Le Guin. El caso paradigmático está en cuando Therru revela su auténtico nombre, Tehanu, y aparece convertida en dragón. Quien no haya leído el libro no entenderá nada.
Los fallos de la adaptación pesaron demasiado. Hasta el propio Hayao Miyazaki pareció comprenderlo, ya que, tras ver la película, se marchó de la sala en silencio. El equipo que grababa un documental sobre el estudio lo acompañó y le preguntó qué le había parecido el debut de su hijo. La respuesta de Miyazaki, meditabunda, fue decir que a su hijo le faltaba mucho por vivir. El vídeo, por cierto, ha sido retirado de YouTube, pero quedan crónicas como las de Gizmodo.
La reacción de Le Guin no fue mucho mejor. Tras ver el filme en un pase privado en agosto de 2006, Le Guin le respondió a Gorō, cuando este le preguntó si le había gustado la película, con una frase que luego se hizo pública: no era su libro, era la película de él, y era una buena película. Ella misma aclaró después que aquello era una respuesta educada y espontánea, no un juicio completo, y que no había tenido intención de que se difundiera.

El Terramar de Gorō Miyazaki
Semanas más tarde, Le Guin publicó en su web una respuesta mucho más extensa y matizada. En ella reconocía la belleza de ciertos pasajes (sobre todo las escenas cotidianas, como arar la tierra o abrevar a los animales, que sintió más próximas al espíritu de sus libros que las batallas), pero era contundente respecto al tono general: consideró que Cuentos de Terramar mantenía la emoción mediante la violencia, algo profundamente ajeno al espíritu de sus libros.
Para Le Guin, la gran «traición» de la adaptación fue convertir el mal en algo externo y personificado (el villano Cob) que basta con matar para resolver el conflicto, cuando sus novelas nunca proponen ese tipo de guerra maniquea entre el bien y el mal absolutos. En sus propias palabras, la oscuridad interior no puede eliminarse blandiendo una espada mágica.
Y la escritora abordó nuevamente el espinoso tema de la representación racial. Para su época, Terramar fue muy radical: la mayoría de los habitantes de Terramar tienen la piel oscura, mientras que los pueblos de piel clara son una minoría marginal, una inversión deliberada de los clichés raciales de la fantasía anglosajona de los años sesenta. Uno de los enfados habituales de Le Guin se debió a que en las portadas, Ged era blanco. No fue hasta versiones más recientes como la ilustrada por Charles Vess o la novela gráfica de Fordham que esto cambió.
Mientras que Le Guin había denunciado sin ambigüedad el «blanqueamiento» de la miniserie estadounidense de 2004, sobre la adaptación de Ghibli se mostró más cautelosa, reconociendo que desconocía las convenciones visuales del anime japonés y que confiaba en que el público local percibiera a los personajes de forma distinta a como los veía ella. El espectador notará que la tez de Ged es distinta a la de Tenar, pero tampoco podríamos decir que es un personaje de piel negra.
Veinte años después, ¿qué queda?
En Japón, Cuentos de Terramar fue un éxito comercial: lideró la taquilla en su semana de estreno en el verano de 2006. Fuera de Japón, sin embargo, la acogida crítica fue más fría, con puntuaciones malas o mixtas en agregadores como Rotten Tomatoes y Metacritic, y comentarios que alababan la animación mientras cuestionaban un guion deshilvanado.
Con el tiempo, Cuentos de Terramar ha pasado a considerarse como una de las películas más débiles de la filmografía de Ghibli según buena parte de la crítica especializada, como nos comentó Álvaro López (Generación Ghibli) en la entrevista que le realizamos.
Cuentos de Terramar es un caso de estudio perfecto sobre las tensiones entre fidelidad y adaptación. Ghibli conservó los nombres, el archipiélago, los dragones y buena parte del imaginario visual de Le Guin, pero sustituyó su ética relacional y ambigua (donde no matar es casi siempre la respuesta correcta) por una resolución mucho más convencional dentro del género de aventuras.
Para los lectores de la saga, ese cambio del trasfondo de la obra pesa más que cualquier acierto visual. Para buena parte del público que llegó a la película sin haber leído los libros, en cambio, Cuentos de Terramar sigue siendo una puerta de entrada válida, aunque incompleta, a un mundo que, en su forma literaria original, sigue esperando una adaptación que le sea fiel. Aunque, acaso, ¿es siempre necesario que hagamos versiones de todo? ¿Por qué no acudir a las mágicas páginas de Le Guin sin tener que esperar una adaptación?
¡Hasta aquí la reseña, lectores de Hanami Dango! ¿Y tú qué opinas de Cuentos de Terramar? ¿Conoces la obra de Ursula K. Le Guin? Te leemos en los comentarios o en nuestras redes sociales. Podéis seguirnos en plataformas como Twitter, Bluesky, Instagram o Twitch.


























