Saludos, lectores de Hanami Dango. Si estáis viendo Destellos del mañana, seguro que os habrá sorprendido la extraordinaria calidad de su animación. 

En Occidente solemos admirar el trabajo de muchos estudios japoneses, pero con frecuencia desconocemos la historia que hay detrás de ellos y las tragedias que han marcado su trayectoria. Ese es el caso de Kyoto Animation, el estudio responsable de este anime. 

En este artículo repasamos la trágica historia del ataque que sufrió en 2019, un suceso que conmocionó a la industria de la animación y al mundo entero y del que surge esta serie.

Un jueves de julio

El Estudio 1 de Kyoto Animation era un edificio que no tenía nada de espectacular. Tres plantas de un gris amarillento levantadas en 2007 en Fushimi, un barrio de Kioto más conocido por sus fábricas de sake centenarias que por sus dibujos animados y por su cercanaría al santuario Fushimi Inari Taisha. 

Nada, visto desde la calle, sugería que dentro de los muros del estudio trabajaban las manos que durante quince años habían dado vida, mediante el dibujo, a docenas de historias que habían enseñado a reír y a llorar a millones de espectadores en más de cien países. 

Durante aquel jueves 18 de julio de 2019, el estudio ultimaba el estreno de un film de Violet Evergarden, la serie que en apenas un año se convirtió en una de las producciones más aclamadas del catálogo de Netflix. Nadie podía saber por aquel entonces que, para cuando esa película por fin llegara a las salas, tendría que dedicar sus créditos finales a los compañeros que ya no estarían para verla.

A las 10:31 de aquella mañana de julio, un hombre entró por la puerta arrastrando un carrito con dos bidones de gasolina.

La sede del estudio de Kyoto Animation antes del ataque. Fuente: Mike Hattsu, CC BY-SA 4.0 https://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0, via Wikimedia Commons

Los orígenes de KyoAni

Para entender la magnitud de lo que se perdió esa mañana hace falta entender qué era Kyoto Animation antes de que el mundo entero aprendiera su nombre por las peores razones.

El estudio, conocido entre los aficionados simplemente como KyoAni, nació en 1981, gracias al matrimonio entre Hideaki y Yoko Hatta. Ella había trabajado como colorista en Mushi Production, el legendario estudio fundado por Osamu Tezuka, «el dios del manga», y él se convirtió en el presidente de la pequeña empresa que levantaron juntos en Uji, a las afueras de Kioto

Durante sus primeros años, KyoAni fue poco más que un estudio de subcontratación. Por ejemplo, coloreaban fotogramas para otros estudios, incluidos algunos títulos de Studio Ghibli —véase la conmovedora La tumba de las luciérnagas—.

No sería hasta 1985 cuando la compañía se formalizó como sociedad y se convirtió en corporación plena en 1999. Sin embargo, tardaría todavía un par de años más en producir una obra completamente propia.

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Munto fue el primer OVA de Kyoto Animation. Se estrenó en 2003.

Una fábrica de sueños

El cambio llegó a mediados de la década de 2000. La melancolía de Haruhi Suzumiya (2006) trataba sobre una estudiante de instituto que sin saberlo podía reescribir la realidad y se convirtió en un fenómeno que redefinió el anime otaku de esa generación. 

Le siguieron Clannad (2007) y su continuación After Story (2008), dramas familiares capaces de desarmar a cualquier espectador con la guardia baja; Lucky Star (2007), una comedia de la vida diaria que ayudó a popularizar el propio concepto del peregrinaje otaku a lugares reales que aparecen en los animes; y en 2009, K-On!, la historia de un club de música de instituto que convirtió a cuatro chicas con guitarras en un fenómeno cultural.

La década siguiente no hizo sino confirmar esa identidad. Hyōka (2012) convirtió la investigación de misterios escolares en una gran serie. 

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El logo de Kyoto Animation que representa el aire esperanzador de muchas de sus producciones.

Del mismo modo, Free! (2013) llevó a un grupo de nadadores adolescentes a una popularidad que trascendió por completo su género del spokon.

Tras tocar los clubes escolares y los deportes, tocaba la música. En 2015, estrenaron Sound! Euphonium (2015), que narraba la vida de una banda musical de instituto.

Y en 2016, se estrenó su mayor éxito dentro y fuera de Japón hasta el momento: A Silent Voice de Naoko Yamada, una adaptación del manga de Yoshitoki Ōima sobre el acoso escolar a una niña sorda y la culpa que persigue a quien lo permitió. 

Con estos títulos, el futuro del pequeño Kyoto Animation era más que prometedor. ¿Podrían cambiar el complejo mundo de los estudios de animación nipones? Ese parecía su propósito.

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A Silent Voice, la historia de dos adolescentes marcados por la soledad, fue el primer gran éxito mundial del estudio.

Una compañía de animación distinta

Hoy, que muchos estudios como MAPPA son criticados por el estrés al que someten a sus animadores, Kyoto Animation es y era un estudio distinto. En él, los animadores cobraban un sueldo fijo, tenían contrato indefinido y aprendían el oficio en una academia interna antes de tocar un solo fotograma profesional. Lo que parecería lógico, por desgracia, no lo es en cuanto a las condiciones de trabajo de la competitiva industria del anime.

Esa decisión de diferenciarse de sus competidores, tomada décadas atrás por sus fundadores, había convertido al estudio en una rareza dentro de la industria del anime: un lugar donde se premiaba la calidad del trazo por encima de la cantidad y donde, a diferencia de casi cualquier otro estudio de Japón, casi dos de cada tres animadores eran mujeres. 

Desde 2009, además, el estudio fomentaba los nuevos talentos y organizaba sus propios premios literarios, el Kyoto Animation Award, para descubrir novelas, mangas y guiones originales que después podían convertirse en anime. De ahí habían salido títulos como Love, Chunibyo & Other Delusions! (2012) o Beyond the Boundary (2013), o el título que se convertiría en uno de sus animes más conocidos, Violet Evergarden (2018).

Ese concurso, sin saberlo nadie todavía, sería la semilla de la tragedia de Kyoto Animation. 

Un hombre que quiso ser novelista

Nacido el 16 de mayo de 1978 en Urawa (prefectura de Saitama), Shinji Aoba era un hombre que vivía solo con sus propios demonios.

Su padre murió cuando él tenía veintiún años; después perdió el contacto con sus hermanos y pasó buena parte de su vida adulta sin nadie a su alrededor, encadenando empleos temporales. En ese tiempo, su comportamiento fue volviéndose cada vez más errático y solo encontraba cierto consuelo en los animes que veía o los mangas que leía.

En 2012 fue condenado a tres años y medio de cárcel por atracar un konbini, una tienda 24 horas, con un cuchillo. 

Años después, cuando salió de prisión en 2016, entró en un centro de rehabilitación para exconvictos en Saitama en busca de un nuevo comienzo.

Por aquel entonces, volvió a vivir solo, esta vez durante casi tres años, en un piso de un edificio cuyos vecinos lo recordarían después como una persona con la que resultaba prácticamente imposible razonar. Cuatro días antes de la tragedia de Kyoto Animation, había aporreado la puerta de al lado acusando a un vecino de hacer un ruido que, según este, no había causado.

En algún momento de esos años, Aoba había escrito una novela y la había enviado al concurso literario de Kyoto Animation. El manuscrito no pasó de la primera criba; ni siquiera llegó a ser evaluado con detenimiento debido a su pobre escritura, y el estudio, ocupado en sus propias producciones, se olvidó por completo de su existencia. 

Fue un golpe más para Aoba, un golpe que pensaba devolver.

K-on! fue uno de los animes que Aoba creía que había robado ideas de su propuesta.

«Robaron mis ideas» 

En 1990, el famoso Stephen King escribió la novela corta Ventana secreta, jardín secreto. Trata de un escritor, Mort Rainey, que debe entregar su próximo manuscrito cuanto antes. Bloqueado, se enfrenta a sus propios fantasmas hasta que aparece en su vida un hombre extraño que asegura que Mort le ha robado sus novelas. 

Como si la vida real imitase la ficción, en 1991, un hombre llamado Eric Keene irrumpió en la casa de verano de King. Amenazó con hacer estallar una bomba en la casa si King no reconocía su «delito». Cuando fue detenido, Keene afirmó que el escritor de clásicos como Carrie o Eso (It) le había robado la idea de una historia y exigía explicaciones.

Como si del villano de Ventana secreta, jardín secreto o de Keene se tratase, Aoba llegó a la conclusión de que Kyoto Animation le había robado sus ideas y, fruto del delirio, decidió que debía vengarse de la compañía.

Primero, fueron las amenazas de muerte anónimas. En el año previo al ataque, Kyoto Animation había recibido más de doscientas. La policía patrulló brevemente la sede central en octubre de 2018. No vieron nada insólito. Seguramente, era una falsa alarma, algún perturbado que se dedicaba a burlarse de los trabajadores del estudio.

Pero no era ninguna broma.

Tres días antes del fatídico 18 de julio, Aoba viajó a Kioto, visitó el edificio del Estudio 1 y recorrió varios de los escenarios reales que aparecen en Sound! Euphonium, como hacen cada año miles de aficionados que peregrinan a los lugares que KyoAni plasmó con tanto cariño. 

Más tarde, a diez kilómetros de distancia de la sede de la compañía, compró el bidón de gasolina.

Era hora de que pagasen por no haber reconocido lo que Aoba consideraba un robo de sus días.

Sin embargo, cuando la policía comparó su manuscrito con las series que él señalaba —una pancarta que aparece en Free!, una escena de compras con descuento en Tsurune, una frase suelta sobre repetir curso en K-On!—, no encontró la más mínima similitud. 

Todo estaba en la cabeza de Aoba, una cabeza rebosante de demonios que deseaban escapar y eso hicieron aquella mañana de julio.

La película La ventana secreta adapta la novela de Stephen King que evoca a lo sucedido con Aoba.

10.31 A.M.

La puerta principal de KyoAni estaba abierta. Solían quedarse abiertas durante el horario laboral, como en cualquier otra oficina. Nadie imaginaba que alguien pudiera llegar con cuarenta litros de gasolina y un mechero.

Entonces, ocurrió la desgracia.

Aoba entró por la puerta principal, dejó el carrito y comenzó a rociar gasolina por el vestíbulo y sobre varias de las personas que tuvo cerca, gritando «¡moríos!». Encendió el mechero y produjo una explosión casi inmediata que también le prendió fuego a él mismo.

Pronto, se desató el caos. El edificio tenía una escalera de caracol que recorría sus tres plantas como una chimenea. Un análisis posterior del Instituto de Investigación para la Prevención de Desastres de la Universidad de Kioto calculó que, en apenas treinta segundos tras la explosión, el humo ya había invertido por completo la segunda y la tercera planta. Era imposible escapar por aquella escalera. Quienes intentaron huir hacia la azotea se encontraron con una puerta que no lograron abrir a tiempo: veinte de los cuerpos hallados después estaban en los escalones.

Para agravar aún más la situación, no había sistema antiincendios. No fue una negligencia: la normativa no los exigía en un edificio de esas dimensiones. Además, el local había pasado sin objeciones su última inspección, apenas nueve meses antes. 

Aoba, envuelto en llamas, salió corriendo del edificio. Dos empleados del estudio lo persiguieron hasta que se desplomó a un centenar de metros, cerca de la estación de Rokujizō, donde lo detuvo la policía. Sufría quemaduras de más del noventa por ciento del cuerpo. 

Durante el traslado al hospital admitió haber provocado el incendio, dijo que lo había hecho por venganza y acusó al estudio de haberle «robado» sus novelas.

Los nombres que tardaron semanas

El recuento de víctimas fue subiendo a lo largo del día y de las semanas siguientes, de un primer balance de treinta y tres a un total final de treinta y seis, cuando en octubre una última víctima murió por una sepsis grave derivada de sus heridas. Otras treinta y cuatro personas resultaron heridas, entre ellas el propio Aoba

Antes de que el mundo conociera un solo nombre de las víctimas, Hideaki Hatta, presidente del estudio, pidió públicamente a la prensa que no los publicara. Dar a conocer los nombres, razonó, no servía a ningún interés público real y solo añadiría dolor a familias que apenas empezaban a asimilar la noticia. 

Durante días, la policía de Kioto solo pudo confirmar que había identificado a las víctimas mediante pruebas de ADN, dado que varias habían quedado irreconocibles.

Fueron las propias familias quienes, poco a poco, empezaron a confirmar por su cuenta lo que temían. La familia de la colorista Naomi Ishida —quien participó en muchos de los proyectos del estudio— confirmó su muerte el 24 de julio. Dos días más tarde llegó la confirmación sobre Yasuhiro Takemoto, director que participó en series tan queridas como Lucky Star y Hyōka

El 2 de agosto, con el consentimiento de los familiares y una vez celebrados los primeros funerales, la policía hizo públicos diez nombres, entre ellos los de los directores de animación Yoshiji Kigami —veterano que había trabajado en Akira— y del diseñador de personajes Futoshi Nishiya. 

El resto de los nombres, veinticinco en total, se conocieron el 27 de agosto, más de un mes después del ataque. Entre quienes se confirmó a salvo estaba Naoko Yamada, directora de K-On! y de A Silent Voice, una de las pocas noticias buenas de aquellos días.

La tragedia de Kyoto Animation fue, y sigue siendo hasta la fecha, una de las matanzas más mortíferas de todo Japón desde el final de la Segunda Guerra Mundial, y el incendio provocado más letal del país en casi dos décadas.

El apoyo del mundo

El público, mientras tanto, reaccionó con una ola de solidaridad que sorprendió incluso a los propios responsables del estudio. Una recaudación iniciada en Estados Unidos por la distribuidora Sentai Filmworks superó el millón de dólares en menos de veinticuatro horas y terminó recaudando 2,3 millones (casi dos millones de euros al cambio de 2019).

En Japón, las donaciones directas al estudio alcanzaron los 3.300 millones de yenes (unos 26 millones de euros de la época), una cifra tan alta que la Dieta Nacional aprobó una ley especial, inédita en la historia corporativa japonesa, para eximir de impuestos esas donaciones. 

Otros estudios como Shaft, Sunrise, Toei o Madhouse, y figuras como el director Makoto Shinkai, enviaron mensajes de apoyo. Incluso jefes de Estado y organismos internacionales, desde Taiwán hasta Naciones Unidas, expresaron sus condolencias por un ataque contra un estudio de dibujos animados, algo que pocas veces en la historia había merecido ese tipo de atención diplomática.

En septiembre de 2019 se celebró un funeral privado para doscientas cincuenta personas —familiares, amigos, compañeros supervivientes—; en noviembre, uno público en el pabellón Miyako Messe de Kioto, abierto a cualquiera que quisiera acercarse a un altar y rezar. 

Para entonces, algunos de los heridos ya habían regresado a trabajar: el primero, apenas tres semanas después del ataque, en lo que describió como su particular manera de responder al hombre que había intentado destruirlo todo. Pidió permanecer en el anonimato.

Hacia octubre de aquel año, más del ochenta por ciento de las víctimas supervivientes se había reincorporado.

Siete años de sentencia

Aoba tardó más de diez meses en recuperarse lo suficiente como para ser detenido formalmente, el 27 de mayo de 2020. Sus quemaduras fueron tan graves que los médicos recurrieron a piel artificial experimental —un procedimiento sin precedentes en Japón para una superficie tan grande—, porque la piel donada disponible se reservaba para sus propias víctimas. Fue acusado formalmente en diciembre de ese año.

El juicio no comenzó hasta septiembre de 2023, cuatro años después del ataque. Aoba se declaró culpable de los cargos, aunque su defensa intentó sostener que un trastorno delirante diagnosticado limitaba su responsabilidad penal. 

El tribunal de distrito de Kioto no lo aceptó: determinó que, pese al diagnóstico, Aoba había sido plenamente consciente de sus actos, que el ataque había sido premeditado —había comprado la gasolina, viajado hasta Kioto, estudiado el lugar…— y que su móvil real era un rencor sin fundamento contra el estudio que, según él, le había arrebatado su sueño de ser escritor. 

El 25 de enero de 2024 fue condenado a muerte.

La apelación de Aoba

Lo que siguió fue, en sí mismo, un episodio insólito. Al día siguiente de la condena, su defensa presentó una apelación. Aoba llegó a declarar a la prensa que aceptaba la sentencia, pero que quería seguir adelante con el recurso para poder dar su versión de los hechos. 

Durante meses, sin embargo, algo cambió. Aoba estaba molesto, según trascendió después, con que su propia defensa insistiera en retratar sus actos como fruto de un delirio antes que como una decisión de la que él quería hacerse responsable.

A finales de enero de 2025, envió un escrito desde prisión pidiendo retirar la apelación. 

Sus propios abogados, dos días después, solicitaron al Tribunal Superior de Osaka que anulara esa retirada, alegando que un condenado a muerte no siempre está en condiciones de proteger adecuadamente sus propios derechos. 

El desenlace tardaría otro año entero: el 17 de marzo de 2026, el Tribunal Superior de Osaka resolvió que la retirada había sido legítima, cerrando así, casi siete años después del incendio, cualquier posibilidad de revisión. El veredicto de pena de muerte fue firme.

Shiji Aoba ante el tribunal. Fuente: Crunchyroll News.

Lo que el fuego no pudo quemar

El edificio del Estudio 1 fue derribado el 28 de abril de 2020, sin que se anunciara de inmediato qué ocuparía el terreno; los vecinos de la zona, de hecho, pidieron que no se levantara ningún memorial en el propio solar, temiendo que las visitas alteraran la tranquilidad del barrio. El estudio respetó ese deseo. 

Y sigue respetándolo. Cada mes de julio, desde 2020, Kyoto Animation publica en su web un mensaje pidiendo a sus seguidores que no acudan al antiguo emplazamiento el día del aniversario, en consideración a esos mismos vecinos. 

El homenaje oficial se construyó en otro lugar: el 14 de julio de 2024 se inauguró, en un parque histórico de Uji, un monumento llamado El vínculo que perdura, con treinta y seis pájaros de bronce alzando el vuelo. Uno por cada víctima.

La plantilla, que había caído de 176 a 137 empleados en los meses posteriores al ataque, no solo se recompuso: para 2022 ya superaba las 180 personas, más que antes de la tragedia. 

En noviembre de 2019 el estudio anunció que mantendría su programa de formación interna para nuevos animadores, el mismo que llevaba décadas formando a la siguiente generación de dibujantes, como una forma deliberada de negarse a que el ataque interrumpiera aquello que Kyoto Animation llevaba cuarenta años construyendo.

Y siguió haciendo anime. Violet Evergarden: la película llegó a los cines en septiembre de 2020, con los nombres de las víctimas honrados en sus créditos finales. 

Le siguieron nuevas temporadas de Miss Kobayashi’s Dragon Maid, el cierre por todo lo alto de la saga Free! en 2021 y 2022, una nueva película y segunda temporada de Tsurune, y en 2024 el estreno de Sound! Euphonium 3. 

En 2025 se estrenó CITY, la adaptación de un manga de Keiichi Arawi —el mismo autor de Nichijou, otro título que KyoAni había llevado a la pantalla más de una década antes— y una nueva película de Dragon Maid. 

A finales de ese año, el estudio confirmó su primera adaptación jamás realizada de una obra de la revista Shonen Jump, RuriDragon, un giro hacia terreno nuevo para una compañía que durante toda su historia se había especializado en novelas ligeras y guiones originales.

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Violet Evergarden, el éxito de Kyoto Animation, regresaría pese a la tragedia.

Kyoto Animation hoy

A principios de 2026 murió, a los 76 años, Hideaki Hatta, el hombre que había fundado el estudio junto a su esposa Yoko en 1981. Lo había dirigido durante más de cuatro décadas bajo la idea de que una empresa de animación debía, antes que nada, cuidar a las personas que la hacían posible.

Le sucedió al frente su hijo mayor, Shinichiro Hatta, productor de algunos de los títulos más queridos de la casa, entre ellos Free!, Violet Evergarden y la película A Silent Voice. Yoko Hatta, la cofundadora, sigue como vicepresidenta.

Apenas un año antes del ataque, en julio de 2018, Kyoto Animation había anunciado que llevaría al anime una novela de ciencia ficción llamada 20 Seiki Denki Mokuroku, ambientada en un Japón alternativo de 1907 donde dos jóvenes buscan un libro capaz de llevar la electricidad a las calles de Kioto. El proyecto quedó suspendido, como tantos otros, en el caos posterior al incendio. Necesitó casi siete años para volver a ponerse en marcha. 

El 5 de julio de 2026 —trece días antes del séptimo aniversario del ataque— esa historia llegó por fin a las pantallas de todo el mundo a través de Netflix, con un nuevo título en español: Destellos del mañana.

El anime narra la historia de unos jóvenes que sueñan con construir un mundo mejor a través de la Era de la Electricidad. De algún modo, ese mismo ideal ha definido también la trayectoria de Kyoto Animation. Tras la tragedia que estuvo a punto de arrebatárselo todo en una mañana de julio, el estudio supo sobreponerse y seguir creando obras que celebran la esperanza, la empatía y la capacidad humana para salir adelante. 

Siete años después de la tragedia, Kyoto Animation continúa contando historias protagonizadas por jóvenes que se niegan a resignarse a la oscuridad. Por eso, cada vez que veamos a los protagonistas de Destellos del mañana, será difícil no pensar también en el legado del estudio y en el talento, la pasión y el recuerdo de los artistas que lo hicieron posible.

Primeras impresiones verano 2026_Destellos del mañana - Hanami Dango
Destellos del mañana es una obra que nace del drama vivido en Kyoto Animation y un anime que, en su optimismo, demuestra que, pese a la tragedia, siempre queda esperanza.

Hasta aquí llega nuestro artículo, lectores de Hanami Dango. Esperamos que esta crónica haya contribuido a comprender y recordar lo sucedido en la tragedia de Kyoto Animation. Desde aquí, queremos expresar nuestro recuerdo y nuestras más sinceras condolencias a las víctimas, sus familias y a toda la comunidad de Kyoto Animation.

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