Mononoke II: las cenizas de la ira es el dorso de la trilogía del boticario, la saga está a cargo del emblemático estudio EOTA y Crew-Cell. La serie de películas buscó enfocar de manera especial las complejidades del sufrimiento femenino en el ōoku, un espacio que encuentra sus bases en una ideología rígida que perdura, en cierto grado, hasta el día de hoy. Aquí intentaremos dialogar al respecto.

La trilogía se enmarca en este lugar cerrado que posee tanto límites físicos como una estructura bien delineada en la cuestión ideológica. Mononoke II: las cenizas de la ira conecta con puntos importantes en la actualidad: la relación de las mujeres con la noción de la rivalidad se atañe al rol social que ocupan, así como su reposicionamiento en la maternidad.  

¡A continuación, spoilers importantes!

Esta entrega de Mononoke nos recordó lo que Lorrie Moore alcanza a delinear en un breve cuento: esta tradición histérica e histórica de ser la otra; ello es parte de la premisa del filme —aunque no en el sentido romántico más clásico—, que se vincula de manera robusta a la maternidad y los constructos de poder que guían esta experiencia, a ello se añade una especie de vínculo final que habilita que los personajes femeninos se tiendan la mano mesuradamente —en cierto punto y bajo condiciones particulares—.

 El sistema del ōoku y la posición del emperador

Mononoke II: las cenizas de la ira nos presenta el ōoku, un mundo construido con un centro representado por un único hombre: el emperador, y desde luego creado para su servicio.

Mononoke II análisis - 8 - Hanami Dango

Debido al desenlace de Mononoke: el fantasma de la lluvia, el anterior filme, las concubinas del emperador requieren una nueva doncella que haga cumplir las reglas del ōoku. Recordemos que algunas sociedades antiguas se sostenían en la herencia de la regencia del poder político, junto a todas sus implicaciones, y esto recae completamente en el legado por sangre, debido a ello la fidelidad era esencial.

No obstante, ante la desconfianza de la infidelidad, se crearon todo tipo de estructuras para monitorear su cumplimiento; de la necesidad de la búsqueda de un heredero legítimo nace el ōoku, que genera una red de mujeres ejemplares —todas propicias para el emperador en algún sentido, ello se conecta directamente con la posición de su clan y lo que puede aportar de manera económica, social, política, bélica…—, cada una tiene como propósito esencial el gestar descendencia para posicionar a su familia; a la tarea se añade un sentido germinal de nacionalismo.

Sin embargo, cabe mencionar: no todas las mujeres son aptas para todo pese a estar ahí; a las descendientes de mercaderes un código silencioso les prohíbe alcanzar otro nivel, de esta manera, las críticas sociales vertebran un camino sinuoso por recorrer. A final de cuentas, dar a luz a un primer heredero varón abre la posibilidad de ostentar el trono de emperatriz.

El tema del legado japonés por conexión de sangre se distingue entre todas las tradiciones orientales por algo sumamente importante, hagamos hincapié en que la sociedad japonesa consideró a su emperador como descendiente de los dioses, en otras palabras, como ser divino; no elegido para reinar, sino responsable de, por derecho absoluto, de esta manera, un heredero también implicó, desde nuestra conciencia actual, una responsabilidad casi nacional.

Por ello, se debe asegurar el legado, se requieren distintas mujeres para tener más probabilidades de descendencia. Es complicado por la lucha de poder entre clanes, ya que existen sabotajes —los asesinatos planeados—, pero también están las enfermedades o accidentes que pueden poner en peligro la vida de un heredero.

Este sistema estructura a una sociedad que propicia y protege esta descendencia por medio del ōoku, no obstante, es claro que existen múltiples batallas entre velos, perfumes y sonrisas de las mujeres que desean ser la que otorgue un heredero varón y en primer lugar.

Debido a esta forma de pensar, es que la nueva regente del ōoku en Mononoke II: las cenizas de la ira decide volver a instaurar un par de reglas milenarias que estaban en desuso. Uno) las chicas no pueden conversar en las labores nocturnas, y dos) se deben rotar, sin importar que exista una favorita. No se puede permitir que alguien estéril sea la más cercana al emperador y desperdicie tiempo gestante.

Botan Ōtomo, que pertenece a un linaje aristócrata, es el personaje que promueve esto, en vista de que la seguridad del Imperio –que reposa en la descendencia del emperador– se tambalea. En el ōoku existen muchas intrigas, especialmente hacia otra mujer que no posee un linaje apropiado: Fuki Tokita, que es hija de un mercenario, y sin embargo, es la favorita del emperador.

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Un auténtico battle royale — La asfixia del ōoku: la rivalidad de las mujeres

Ambas chicas pertenecen al ōoku. Sin embargo, al ser Fuki de un linaje menor se minimiza, se repudia su belleza y las posibilidades económicas que abre; ella tiene una única misión: la ascendencia de su clan en la clase social. Esto contrasta con las concubinas de linaje antiguo: Matsu Katsunuma es una de las principales que la consideran mala opción, porque es evidente lo que busca. Debido a esto, inician las intrigas. Sin embargo, Botan, que está a cargo de ōoku, cree firmemente en el régimen que mantendrá estable a la nación y planea implementarlo en todas sus extensiones, y por ello es la mejor aliada de Fuki, aunque al principio no lo parezca.

Mientras se instauran las normas, se destacan a las tres mujeres encerradas en el ōoku. Cada una tiene distintas consideraciones y necesidades. Fuki estalla en cólera al sentir una afrenta directa por parte de Botan, cuando limita sus encuentros con el emperador; Botan insiste en que no es por ella que se reanudan las reglas ancestrales. Por su parte, Matsu está dispuesta a hacer lo necesario para que el ōoku no se contamine, a su vez buscando que ello le beneficie.

Todo esto se pone sobre la mesa cuando un evento misterioso hace que Fuki caiga en cama: alguien intentó asesinarla. Ello implica que todas saben que está embarazada, y supone un peligro de muerte en un encierro sofocante.

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Así se destaca, es evidente que algún poder dentro del ōoku confabula para acabar con la amenaza que representa Fuki: un primer heredero y además, de sangre «sucia». El padre de Fuki le pide que aborte a su bebé, ya no importa el poder, su vida está en riesgo. Incluso sus doncellas la han traicionado. Sin embargo, Fuki no cede, le dice a su padre que así como él busca mantenerla con vida, ella intentará mantener seguro a su bebé. El padre, que en primer lugar la envió ahí, se marcha resignado.

Entonces, los cascabeles del boticario comienzan a sonar: algo se mueve dentro del ōoku.

Después de varios momentos críticos, el boticario logra entrar con un nuevo permiso concedido por Botan –ningún hombre está permitido, a menos que sea un eunuco–. Y escarba varios mitos acerca del fuego, el humo y la ceniza dentro del ōoku; elementos de cargas simbólicas.

Entre los ecos del sufrimiento de otras mujeres se rememora a Suzu, una concubina antigua que murió quemada, y de hecho, de esta forma también falleció la doncella que intentó asesinar a Fuki.

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Eventualmente, el boticario se percata de que hay un hinemizu en el ōoku. Es el espíritu de la rata de fuego, protectora de los partos, quien arrasa enviando a sus hijos: unas llamas voraces y escurridizas que agresivamente engullen lo que encuentran, siempre intentando proteger a los bebés en el vientre. Todo es cada vez más tétrico, especialmente cuando, entre susurros, se escucha  «imperdonable, imperdonable, imperdonable».

En un momento crucial, Botan intenta respaldar a Fuki y a su bebé, cuando se percata de que su padre y Matsu confabularon para asesinar al hijo del emperador. La concubina no puede creer la corrupción al atentar contra un posible heredero: ello traiciona toda la construcción ideológica con la que fue criada y convierte la posición de la que su clan se enorgullece en hipocresía.

La tensión subyace durante toda la película, Fuki siempre fue consciente de todo esto, no puede confiar en nadie al vivir en el ōoku; y la razón por la que quieren asesinarla es por la meta primordial que tiene el espacio, todas las mujeres de ahí y ella misma: dar a luz; incluso Botan intenta protegerla desesperadamente por cumplir el objetivo.

Dar a luz en el ōoku parece una sentencia de muerte.

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En medio de las buenas y malas intenciones queda al descubierto algo básico, tres posturas ante el sistema, cada una buscando ser el eje principal. Tenemos a una mujer que intenta protegerlo debido a que reconoce su valía desde su ideología, otra que está por cumplir la meta y se vincula emocionalmente, y la última que intenta sabotear lo gestado para tener una oportunidad de ser el centro. La estructura narrativa es esencialmente femenina, cada mujer lucha por ser la elegida, busca vertebrar el poder de su nación; cabe mencionar, conquistar el amor y la pasión quedan al margen.

Fuki, Botan y Matsu tienen cualidades importantes en su sociedad, y estas también son sus armas: la belleza, el poder y el estatus del conocimiento antiguo, respectivamente. Son capaces de reconocerlo, y por eso mismo, todo  les genera ansiedad, envidia e inseguridad. A final de cuentas, se encuentran en una especie de competencia, nada propicia la empatía, la solidaridad y menos aún la confianza, sino todo lo contrario: la histeria, la rivalidad y la envidia contenidas en el temor que se traduce a una defensiva absoluta.

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El sistema del ōoku permite este flujo de enfrentamientos por sus normas y se vuelve especialmente peligroso para las concubinas que representan a sus clanes en un espacio alejado de todos, sin red de apoyo.

Hacia el final de Mononoke II: las cenizas de la ira, Fuki sabe que puede confiar en Botan, ya que posee una ideología firme, además de una devoción y respeto hacia sus deberes como regente del ōoku –y esto la implica a ella como madre–. Ambas se miran con amabilidad e incluso con cierta complicidad, cuando Botan protege a Fuki incluso de la corrupción de su padre. Las mujeres logran tenderse la mano.

El vínculo entre Botan y Fuki

En resumidas cuentas, Botan no solo protege a la nación, sino a sí misma, a las demás mujeres que gesten y se vean agredidas por intentos de asesinato o vinculadas a crímenes inventados –con motivo de acuse de traición–, entre otras cosas.

Es cierto que el sistema está al servicio del emperador, sin embargo, también permite que ellas tengan una estructura segura hasta cierto punto, Botan comprende que si lo rompen, todas serán absolutamente susceptibles en algún momento. Por ello, lucha por más que una ideología aristócrata impuesta.

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Es una mujer brillante que responde a la necesidad de un heredero, pero también comprende que es necesaria la protección de una estructura que ampare a las mujeres que se encuentran en el punto más inestable y vulnerable. Así, Botan decide ir en contra de la palabra de su padre y firmemente prefiere sostener el régimen femenino del que ella se hace cargo, antes que beneficiar a su clan, motivo por el que fue ahí en primer lugar. En un momento decisivo, opta por resguardar a Fuki; y esta podría ser la parte más conmovedora del filme.

Sin importar el linaje de Fuki, Botan protege su vida: es madre de la descendencia del emperador. Es consciente de que en algún momento podría ocupar ese lugar susceptible, así que no duda en validar su posición, pese a que otros consideren que no es suficiente.

La fortaleza de Botan como una mujer con ideología y sensibilidad que responde a su construcción madura es uno de los gestos más bellos que desarrolla el filme, generando respeto por su rol.

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Ecos de mujeres del pasado: la maternidad de Fuki y Suzu, la ira y la culpa

Al igual que a Fuki, a Suzu le pidieron que se deshiciera de su bebé. La mujer lo hizo, consideró que era lo mejor para todos. Sin embargo, fue incapaz de perdonarse el abortarlo: ella sí lo deseaba, aunque lo descubre demasiado tarde. Ante esta ira contra sí misma, ya que se reprocha su escaso coraje, es que cosecha culpa y se convierte en un mononoke hinemizu: un espíritu vengativo. Posteriormente esto le permite proteger a las madres que están en su posición; no obstante, también siente rencor y envidia de Fuki, quien hace lo que ella fue incapaz de soportar.

No obstante, Mononoke II: las cenizas de la ira no la somete a juicio, las concubinas que, debido al giro de la situación, conocen su historia sienten compasión: las mujeres hacen lo que pueden con lo que tienen. El contexto de Suzu fue abismalmente distinto al que posee Fuki.

La historia permite construir un caleidoscopio de perspectivas de cada una de las mujeres en el ōoku, asimila sus diferencias y destaca sus puntos de encuentro, particularmente ello refiere sus convicciones personales.

Si bien en principio las concubinas tienen la misión de ser consortes del emperador, también se disputan el título de emperatriz. No obstante, a las familias menos ejemplares les basta con ingresar a una mujer al ōoku, ya que obtienen un mejor estatus. Atreverse a ostentar más manifiesta rebeldía en una sociedad profundamente jerárquica.

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A colación de ello es que Fuki emerge con fuerza, rebelándose contra el sistema que en realidad le impide dar a luz, y contra su clan que, pese a considerar esto, la envía como carne de cañón de la que, además, buscan sacar beneficio. Todo esto cargó también el cuerpo de Suzu tiempo atrás, quien se vio encerrada en un espacio sin aliados, a diferencia de Fuki.

Sin embargo, parte de la destreza crítica en Mononoke II: las cenizas de la ira permite asimilar que, pese a todo, incluso en un espacio asfixiante, no pueden controlar a las mujeres en su totalidad: un estructura emerge, desde Botan como figura material presente hasta Suzu como eco del pasado, generan un red de apoyo para Fuki que se levanta pese al miedo y la violencia, reconociendo los sacrificios previos que son parte del piso que ahora la sostiene.

Las mujeres en Mononoke II: las cenizas de la ira se complejizan: tienen ambiciones, constructos morales finos y caracteres decididos, pero por sobre todas las cosas, sus motivos para maternar son de distinta índole. El mérito del filme yace en recuperar y respetar la visión de cada una, siendo que responden a un espacio violento y contradictorio –que las castiga tanto si tienen un bebé como si no–.

El sistema no puede acallar el anhelo de maternar, y lo más bello es que la película no dulcifica la idea, en este contexto y atendiendo expresamente a estas mujeres, no logra ser frenado. En la actualidad se escarba acerca de la posición de la mujer y las vivencias de la maternidad, desde la histeria y la psicosis hasta la culpa y la imposibilidad de sostener el rol de molde durante toda la vida, sin embargo, aún queda mucho por decir de las figuras maternas de tiempos pasados –y de sus ecos–, Mononoke II: las cenizas de la ira lo refresca con lucidez y contundencia.

Las preguntas que plantea la película sobre la maternidad, la culpa y el deseo no pertenecen únicamente al Japón feudal. Siguen apareciendo en la literatura contemporánea escrita por mujeres. Sostenerse como madre a través de la culpa en El buen mal, de Samantha Schewblin, tomar nuevamente la obligación casi nacionalista de serlo en La ceremonia, de Sayaka Murata, y comprender el espacio como parte del refugio y flujo de la maternidad como en Territorio de luz, de Yūko Tsushima, también mantienen el fuego en el centro de la conversación acerca de la maternidad como acto –político, social y afectivo– instaurado en el cuerpo.

Y hasta aquí esta lectura de Mononoke II: las cenizas de la ira, ¿están entusiasmados por el fin de la trilogía? Los leemos en comentarios y por Twitter. Si les gustaría que escribamos algo en particular, por favor, ¡háganoslo saber! Además, sígannos en Instagram, Twitch o en nuestro canal de Discord. ¡No es una despedida, sino un hasta pronto!

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