¡Saludos, lectores de Hanami Dango! En esta ocasión, os damos la oportunidad de adentraros con nosotros en una de las obras literarias más importantes de Japón: El cuento del cortador de bambú. Descubriremos sus orígenes y el misterio que rodea a su autoría, así como los valores estéticos presentes en la obra, los cuales han pervivido hasta hoy en las variadas formas del arte nipón.
Introducción
Desde el siglo IV de nuestra era hasta mediados del siglo IX, la sociedad japonesa se abre al influjo cultural de las civilizaciones china y coreana. De ellas, asimilaron numerosos saberes administrativos, legales y religiosos que contribuirían, paulatinamente, a configurar la estructura social de su tiempo —estructura que ha logrado salvaguardar algunos de sus resortes más profundos hasta nuestros días—.
Sumado a esto, una decisiva contribución a la cultura japonesa de aquellos siglos fue la adopción en el ámbito lingüístico nipón de los sinogramas (caracteres chinos), a los que denominaron kanji —del chino hàn zì o «letras de los Han»—.

Posteriormente, en el siglo VII se inicia el desarrollo, a partir de los kanji, del silabario kana; será con este silabario con el que se componga la obra de la que hablaremos en esta ocasión.
Taketori monogatari (El cuento del cortador de bambú) es la primera obra de ficción preservada de la literatura japonesa. Fue compuesta a finales del siglo IX y, al contrario que otras recopilaciones de cuentos populares autóctonos, se considera que la historia en que se basa pertenece al acervo de leyendas extranjeras que fueron al poco nacionalizadas durante esa época de asimilación cultural —tales como la historia de Urashima Tarō o la leyenda de los amantes de la Vía Láctea, origen del famoso festival de Tanabata—. No obstante, también se han señalado sus múltiples paralelismos con historias japonesas precedentes, por lo que se estima que su argumento es, en suma, una mezcolanza de antiguos cuentos nipones y foráneos.

Es también la obra que dio inicio al género escrito de los monogatari —de diversa ramificación temática— y, en gran medida, se puede hablar de ella como la cristalización de los valores estéticos que fundamentaron, durante varios siglos y hasta nuestros días, el devenir de la literatura japonesa y el conjunto del arte nipón.
Nuestro propósito será aportar claves históricas y estéticas que contribuyan a clarificar el valor literario de la obra, así como a enriquecer su lectura.

Sinopsis
En el antiguo Japón, un anciano cortador de bambú encuentra durante sus labores a una pequeña niña en el interior de un tronco de bambú, acompañada de cuantiosas riquezas.
Una vez en edad de desposarse, la princesa es ofrecida a varios pretendientes. Sin embargo, como condición necesaria para tomar su mano, dispensará a cada uno la búsqueda de un tesoro distinto, lo cual hará especialmente difícil su empeño.
Después de que ninguno de ellos logre alcanzar su objetivo, la princesa Kaguya comenzará a sufrir una crisis melancólica, pues acudirá a ella la premonición de que, en una noche cercana, llegarán los habitantes de la luna a llevársela con ellos, bajo el pretexto de ser este astro su verdadera tierra natal.
Pese a la oposición de sus protectores, tal y como se veía destinada, la princesa abandonará la Tierra junto a los selenitas, volviendo a la luna y dejando atrás todo recuerdo de lo vivido entre los humanos.
Fruto y semilla
La historia de la obra y su desenlace, que son ampliamente conocidos incluso fuera de las fronteras niponas, representan una simbiosis espléndida de la antigua cuentística autóctona y de las influencias literarias que llegaron de ultramar.

Más aún, por el hecho de haber quedado escrita y haber sido difundida ampliamente desde su creación, se considera la obra todo un paradigma literario del que tomaron ejemplo autores desde ese tiempo en adelante. Además de por su innegable calidad narrativa, esta obra exhibe ejemplarmente los valores estéticos fundamentales del arte japonés:
Aware (sentimiento exacerbado frente a la belleza, el amor o el pesar)
Probablemente, el más reconocible de todos ellos por su sobreabundancia en obras de anime y manga. Esta puede encontrarse, en un ejemplo de gran belleza, cuando se describe la fijación intensa y sentida que sobrecoge a la princesa Kaguya durante sus vigilias, observando la luna.

Wabi-sabi (pequeñez, imperfección, desolación)
El propio personaje de la princesa Kaguya viene a representar, de principio a fin, los varios matices que conforman este concepto; desde su pequeñez y fragilidad cuando aparece dentro del angosto tallo de bambú hasta cuando, ya acabando el relato, se percibe su solitaria existencia, esperando ser inevitablemente devuelta al cielo.

Miyabi (elegancia y exquisitez en las formas y el lenguaje)
Tal y como apunta la autora Kayoko Takagi en su estudio introductorio a la obra (Cátedra, 2004), el texto original se halla construido mediante un estilo soberbio, en el que se utilizan todos los recursos lingüísticos con los que se contaba en aquella época. Sumado a la gran erudición literaria y topográfica de la que hace gala su autor, cabe decir que el texto cumple de sobra con lo que en su época era considerado formalmente elegante.

Yūgen (misterio insondable, belleza misteriosa)
Quizá uno de los aspectos más enigmáticos de la obra sea la cuestión de por qué la princesa Kaguya acepta volver a la luna, pese a suponerle gran aflicción. Este aspecto, que alienta el debate psicológico, es compartido con tantas otras obras de la literatura japonesa, como la fábula de la grulla agradecida o la leyenda de la mujer de las nieves. Lo que estos relatos tienen en común, entre otros aspectos, es que los personajes que abandonan el mundo humano pertenecen al mundo sobrenatural; los habitantes del otro mundo están destinados a ser desconocidos para los humanos, pese a lo magnético de su encanto. Esto eleva el valor trágico de este tipo de relatos, tan característicos del país.

Mujōkan (conciencia de la fugacidad y fragilidad de la vida)
Otro de los aspectos característicos de la literatura japonesa es la conciencia de la fugacidad de lo que vivimos, tanto lo bueno como lo malo. En la obra, Kaguya recuerda sin consuelo que, en una noche, se tendrá que ir y abandonar tanto a sus padres como el mundo en el que se ha criado desde pequeña.

Okashi (lo festivo, lo divertido)
Por último, señalaremos un valor mucho menos trágico, relacionado con el humorismo y los momentos ligeros de la vida. Pese a lo descorazonador del destino que sufrirá la protagonista, la obra no se queda corta a la hora de relatar los fracasos de sus pretendientes al tratar de conseguir los tesoros que les harían merecedores de su mano. Cabe mencionar que el ridículo recaerá sobre nombres reales de aristócratas de la época, por lo que a todo lo anterior se suma un valor paródico innegable.

La protagonista de un cuento heterónimo
Si en la introducción señalábamos que la obra estaba escrita en silabario kana, no era por una cuestión baladí; en la época en que fue escrita, los dos grandes grupos silábicos que conforman el silabario kana —katakana y hiragana— estaban estigmatizados en función de género.
Así, mientras que el uso del katakana fue paulatinamente normalizado por los autores masculinos, el hiragana —de trazo más curvo y ágil— fue etiquetado como «letra de mujeres» hasta la era Meiji, adquiriendo con ello un estatus de vulgaridad en contraposición al katakana.

Se cree que el silabario kana surgió como salvoconducto lingüístico, siendo creado por mujeres de la corte a las que les era restringida la concienzuda educación en kanji, reservada a los varones aristócratas y funcionarios —con excepciones contadas, como las hijas de algunos grandes gobernantes e intelectuales; entre ellas las escritoras Murasaki Shikibu y Sei Shōnagon, durante la era Heian—.
Aunque se conoce el caso del autor Ki no Tsurayuki (872-945), que escribía en kana travistiendo su identidad, el uso del kana por parte de los hombres se reducía prácticamente a uno: la confección de formas poéticas breves llamadas waka, los cuales usaban como medio de cortejo con las mujeres de la corte. Esto es, tan solo usaban el kana para comunicarse en secreto con las cortesanas, quienes generalmente carecían de conocimientos de kanji.

Este uso casi exclusivo del kana por parte de las mujeres letradas de la época ha llevado a pensar que el autor anónimo de El cuento del cortador de bambú correspondiera, en efecto, con una de aquellas mujeres que habitaban la corte de Heian. Respalda este argumento una tradición que hunde sus raíces más allá de la época de apertura que comenzase en el siglo IV: la tradición de las kataribe, un linaje de mujeres sacerdotisas y místicas que, acompañadas de oraciones y liturgias, narraban los hechos divinos y nacionales.
Estas podían estar adscritas a un clan o realizar sus actos de forma itinerante, y la sucesión de este cargo era de carácter matrilineal —si no, se legaba el cargo a las sobrinas—. El arte, tal y como ocurriera en los gremios durante la Edad Media europea, era transmitido de manera secreta y presencial —lo cual es una característica común, aún hoy en día, en múltiples oficios y artes japonesas como es el caso del ikebana, la ceremonia del té o las artes marciales—.
Debido a estos antecedentes orales y profesionales, se ha argumentado que la floreciente literatura femenina del periodo Heian se nutrió entre bambalinas de esta rica tradición oral, conjuntamente con las historias y letras llegadas del continente, para desarrollar una nueva literatura escrita en clave de kana.

Sin embargo, pese a que todo lo anterior nos haga inclinar la balanza hacia el lado de una autoría femenina, también se arguye la imposibilidad de este hecho; la erudición tan significativa desplegada por el autor del texto, en el que se referencian topónimos y obras literarias de ultramar, ha hecho ver improbable que la autoría pudiese corresponder a una mujer de aquella sociedad, tomando en cuenta todas las trabas educativas que les eran impuestas.
Tomando todo en consideración, académicamente, se apuesta más porque la obra fuese compuesta por un varón aristócrata, escribiéndola en kana, probablemente, para el público femenino de la corte. También es posible que se escribiese en kana porque, en aquella época, se creía que lo escrito en kana transmitía los verdaderos sentimientos de las palabras —en contraposición al kanji, de carácter más intelectual—.
Cuestión compleja, cuanto menos. En cualquier caso, fuese cual fuere el género de su autor, nos encontramos con una nueva curiosidad: un texto en el que, pese a contar con uno de los personajes protagonistas más admirables, bellos e ingeniosos de la literatura japonesa y universal… lleva como título el nombre de su padre putativo. Llueve sobre mojado.
Esto, que puede deberse a condicionantes sociales evidentes, en absoluto empaña el contenido y el valor de la obra, la cual sigue inspirando a generaciones de lectores y creadores japoneses.
Destellos modernos
Tal es el caso de tres obras emblemáticas de la producción artística contemporánea de Japón, que señalaremos como pequeña muestra de los diferentes enfoques y registros creativos que una obra tal puede proporcionar, a casi un milenio de distancia.
En el lado más heterodoxo, podemos citar la visual novel Tsukihime: A piece of blue glass moon (2021; remake de la versión del año 2000), en la cual seguimos los pasos de un chico que se ve envuelto en una trama de thriller y misterio, en la que conocerá a una princesa lunar que lo internará en una trama en que se conjugarán motivos y entornos puramente japoneses con elementos característicos de las novelas occidentales de terror y vampiros.
Cabe mencionar, a su vez, la libérrima versión que se ha estrenado recientemente en la plataforma de streaming Netflix: Cosmic Princess Kaguya (2026), la cual convierte la obra original en una explosión festiva, estilizada según los cánones contemporáneos del anime de éxito y el j-pop.


En el lado más terrenal —y no por ello menos extraordinario— nos encontramos con la bellísima adaptación de la obra original dirigida por el renombrado Isao Takahata para Studio Ghibli en 2013. Con una maestría sin igual, el equipo de creativos logró dar vida, con un estilo de dibujo profundamente arraigado en la tradición pictórica nipona, a una de las mejores cintas del cine japonés y de animación. El guion de la misma, respetuoso y a la vez intensamente inspirado, suma esfuerzo al dibujo y a la música para crear una versión en imagen hermosa y significativa. Y, por dar término, decidieron llamar a su versión Kaguya-hime no monogatari (El cuento de la princesa Kaguya).

Más destellos pueden atisbarse entre todas las producciones niponas que ha habido y vendrán; sin embargo, hasta aquí leeremos por ahora, pues todo tiene que tener su fin, como es tan consciente la protagonista de nuestro cuento.
Que nuestro texto haya servido para recordar el valor de esta obra habrá sido un logro; que anime a nuestros lectores a su encuentro, habrán sido dos.

¡Hasta aquí nuestro análisis! ¿Qué os ha parecido? Recordad que podéis seguirnos en redes sociales y ver nuestros directos en Twitch. ¡Feliz lectura y hasta la próxima!


























