¡Saludos, lectores de Hanami Dango! Si estás por aquí, en tu web sobre anime y manga favorita, hay una pregunta que me gustaría hacerte: ¿eres de esos que desea ver el hanami (no nuestra web, sino el florecimiento de los cerezos en Japón)? ¿Sí? ¿Y si te dijera que esta bucólica imagen fue el punto de partida con el que un autor exploró el terror?
Hablamos de Ango Sakaguchi, un escritor japonés que quizá te suene por aparecer como uno de los personajes de Bungō Stray Dogs. En su vida, en vez de ver la belleza del hanami, vio el horror y decidió escribir historias inspiradas en él, como En el bosque, bajos los cerezos en flor.

El florecimiento de Sakaguchi
Cuando era adolescente, un profesor le pidió explicaciones por faltar a clase a uno de sus estudiantes, Ango Sakaguchi. El muchacho, incapaz de contener las lágrimas, respondió con un puñetazo al docente y fue expulsado. Años después terminaría convirtiéndose precisamente en aquello que detestaba: maestro sustituto. Incapaz de vivir con esa contradicción, más tarde, abandonaría la enseñanza para continuar como alumno en la Universidad de Tōyō y estudiar filosofía india para así perseguir la iluminación.
Tampoco la encontró.
La muerte prematura de su padre, las dificultades económicas de una familia de trece hermanos, la guerra, la derrota de Japón, el alcohol, los somníferos y una inagotable sensación de desencanto acabaron moldeando a uno de los escritores más incómodos y fascinantes de la literatura japonesa del siglo XX.
El descubrimiento del mundo
Tras un intento de suicidio en 1929, Sakaguchi reorientó sus inquietudes académicas hacia la literatura francesa en la Universidad Imperial de Tokio. Durante este período de efervescencia intelectual y agitación comunista, entabló una amistad con su mentor Masuji Ibuse, quien lo introdujo en la lectura minuciosa de los maestros rusos como Antón Chéjov, Fiódor Dostoievski y Aleksandr Pushkin. Y Sakaguchi continuó leyendo a esos autores y a otros para encontrar la iluminación que la espiritualidad no le permitió alcanzar.
Junto a Osamu Dazai (Indigno de ser humano), Sakunosuke Oda (Roppakukinsei) y Yukio Mishima (El marinero que perdió la gracia del mar) formó parte de la llamada Escuela Buraiha, los «decadentes», autores que contemplaron el derrumbe del Japón imperial y comprendieron que, bajo la máscara de la tradición, no quedaba más que el vacío.
Como indica Jesús Palacios en su estudio sobre el escritor:
«Ango criticaba acidamente el espíritu nacionalista, presuntamente basado en tradiciones milenarias, que había llevado su país a la debacle, así como la caracterización e identificación de un «espíritu» japonés puro, inconmovible e inasequible al desaliento, legado de un supuesto pasado mítico, que retrataba al ciudadano nipón como alguien siempre dispuesto al sacritificio […]».
La necesidad de tocar fondo
Sakaguchi lo expresó mejor que nadie en su célebre ensayo Sobre la decadencia: para recuperar las ganas de vivir era necesario tocar fondo. De este modo, exploraría una literatura de las que deja huella. Uno nunca termina de leer un libro de Sakaguchi de la misma forma en la que lo comenzó.
En vida, Sakaguchi consiguió el reconocimiento gracias a algunas de sus obras, dedicadas a aspectos sórdidos de la sociedad, como el mercado negro de la posguerra. Pero Sakaguchi era un autor que no se podía callar y escribió varios ensayos y artículos polémicos, a la vez que se convertía en adicto al philopon, el nombre que recibió la metanfetamina en Japón.
Escribió hasta su fallecimiento en 1955, debido a un derrame cerebral, cuando contaba con tan solo cuarenta y nueve años. Como indica Jesús Palacios, su obra se ancla dentro de un infierno, pero no uno cualquiera, sino el Infierno del Deseo.
Todo ello lo convertiría en uno de los pilares de la literatura japonesa de la era Shōwa (1926-1989), como una figura contradictoria, pocas obras encarnan mejor su vida y muerte que En el bosque, bajo los cerezos en flor.

El horror del sakura
«Cuando florecen los cerezos, la gente se siente alegre y feliz. Bajo los árboles cuajados de flores beben sake o comen dulces de arroz mientras exclaman: «¡Qué vista tan hermosa! ¡Qué espléndida es la primavera!». Pero todo es una gran farsa».
En el bosque, bajo los cerezos en flor. Ango Sakaguchi
El libro, publicado en nuestro país por Satori Ediciones, lleva el título del cuento más famoso de Sakaguchi. El relato parte de una premisa sencilla. Un bandido aterroriza un paso, convirtiéndose en un auténtico monstruo tras haber secuestrado a una mujer a la que, a la fuerza, convierte en su esposa, pero ¿quién o qué es realmente la dama?
Ella no deja de exigirle cosas que harán que él siga cayendo más y más en una espiral de autodestrucción. Abandona las montañas y acude a la ciudad por ella, para seguir con sus crueles crímenes mientras crece su temor hacia algo en apariencia tan irrisorio como es el florecimiento de los cerezos, algo que conecta con la mujer que esclavizó para él mismo ser su esclavo. Ahí comienza su destrucción.
Lo que sigue es un descenso a los infiernos que toma retazos de leyendas que también aparecen en obras como Los cuentos de la luna pálida de Kenji Mizoguchi.
En su cuento, el amor se confunde con la sumisión, el deseo con la obsesión y la belleza con la crueldad. Todo un ejemplo de romance tóxico, tema del que saben mucho los japoneses (basta con leer Sobre Shunkin de Tanizaki Junichiro o Audición de Ryū Murakami).

La obra de Sakaguchi consiguió tal éxito que fue adaptada en el cine con el mismo título en 1975, por Masahiro Shinoda. Adapta bien la idea principal: un drama con elementos fantásticos que retrata cómo un personaje puede consumirse por una obsesión.
Además, el cuento contaría con otra adaptación en formato de anime en 2009 con Blue Literature. Esta serie contó con varios autores famosos para sus diseños de personajes (Takeshi Obata, Takeshi Konomo, Tite Kubo) y adaptarían cuentos de autores tan prestigiosos como Ryûnosuke Akutagawa (Kappa y otras fábulas, Vida de un idiota) o el propio Ango Sakaguchi.
La adaptación animada de En el bosque, bajo los cerezos en flor resultaría convencional, aunque persiste la sensibilidad del cuento a través de una paleta de colores vivos, que se une a la locura de su protagonista. Como curiosidad, el diseño de personajes fue realizado por Tite Kubo, autor del manga Bleach, quien confirió a la aristócrata una apariencia de belleza gótica, fría e implacable.

De princesas crueles y budas terroríficos
Al relato homónimo lo acompañan en la edición de Satori La princesa Yonaga y Mimio y El Gran Consejero Murasaki, dos narraciones donde vuelven a aparecer algunas de las obsesiones fundamentales del autor: la belleza convertida en perversión, el deseo como fuerza destructiva y la fragilidad de la condición humana frente a impulsos que no puede comprender.
En La princesa Yonaga y Mimio, el escultor Mimio acepta hacer una imagen de Buda, inspirándose en la belleza de la joven Yonaga. De ahí nace una relación sádica que hace que Nimio decida que, más que una imagen beatífica, va a ser una imagen terrorífica que destruya a cualquiera que la mire.
A partir de ahí, se inicia la espiral de locura de Mimio, dispuesto a crear una obra maestra del horror a través de su creación. Lo que pudo ser belleza y bondad se transfigura en crueldad y muerte.
Para el lector que todavía no se ha adentrado en las páginas de Sakaguchi, podemos afirmar que posee ciertos toques que recuerdan a autores que hicieron de la locura uno de los motores de su literatura, como pudo ser Edgar Allan Poe con su famoso cuento «El relato oval» o H. P. Lovecraft, con obras como La música de Erich Zann.
«Las cosas que uno ama hay que maldecirlas, matarlas, combatirlas. Por eso tu buda no vale nada y por eso, precisamente, tu monstruo es magnífico. Cuelga serpientes del techo y haz una obra maestra soberbia, tan extraordinaria como mi muerte…»
De consejeros que condenan el mundo
El volumen concluye con un tercer cuento: «El Gran Consejero Murasaki». En él nos habla del protagonista que da título a la obra, un hombre lascivo y cruel que acaba enamorándose de una princesa que nos evoca a Kaguya, el legendario personaje, que quedó inmortalizado en la película de Ghibli.
Deseando poseer a la joven y que jamás regrese a su mundo, Murasaki planea cómo retenerla pase lo que pase, aunque eso suponga un sacrilegio. Para ello, roba la flauta que a la princesa puede servirle para marcharse.
Sin embargo, el destino será terrible y desembocará una vez más en la tragedia. Como bien nos enseñan relatos clásicos como La pata del mono de W.W. Jacobs o películas actuales como Obsesión de Curry Barker, cuidado con lo que deseas, porque podrías conseguirlo y podría convertirse en una pesadilla.
«Yo, aquí, reducido a este aspecto deplorable, ni siquiera he podido diluir un poco de tu tristeza. ¿Y tú? ¿Dónde estás? ¿Qué estás haciendo? Seguro que ahora estarás despertando. Incluso en un mundo miserable como este, seguro que hallarás algo que te consuele. La estación en la que canta el cuclillo ya ha terminado, pero la hermosa luz del sol habrá aliviado el dolor de la noche. Ya no sé qué más hacer… no sé…»

La caída de los pétalos
En la edición de Satori, aparte de su preciosa portada de Takato Yamamoto, hay que destacar el prólogo de un estudioso del fantástico como Jesús Palacios, que sirve para entender más del autor, su vida y su obra, y la traducción realizada por Susana Hayashi, capaz de mantener la ambientación lúgubre y obsesiva de la pluma de Sakaguchi. Para los que disfruten de los audiolibros, el libro también cuenta con una versión en este formato.
Leer hoy a Sakaguchi sigue siendo una experiencia extraña. Su prosa posee la sencillez de los cuentos tradicionales japoneses y, al mismo tiempo, la capacidad de generar una inquietud profundamente moderna. En sus páginas encontramos ecos del ero-guro (que mezcla el erotismo y lo grotesco), del terror psicológico y de la literatura existencialista.
En los cuentos de Sakaguchi, hay belleza en la muerte, lo macabro, lo siniestro. ¿Hay un acto más hermoso que dar la vida por otro? No es una connotación novedosa. Los franceses llegaron a llamar «la petite mort» o la pequeña muerte al orgasmo. A su vez, en Japón, el ero-guro, catalogado a menudo como perversión capta la hermosura de lo horrible, como lo hace la poética prosa de Sakaguchi. Leerlo es acercarse a lo bello, pero también a lo terrorífico.

Pero ¿hasta qué punto es En el bosque, bajo los cerezos en flor una obra de terror? Si bien no hay elementos sobrenaturales explícitos salvo en el tercer relato (aunque cualquiera podría ver la sombra del yūrei en las mujeres que aparecen en los otros dos cuentos), la obsesión aparece en multitud de obras de Sakaguchi. Como ocurrió con Edgar Allan Poe, la obsesión permite explorar la culpa y de la culpa nace el auténtico terror.
A través de la mujer, Sakaguchi explora el terror, como lo hacen maestros del manga de terror que vinieron tras él, como Junji Ito. Aunque Ito adaptó Indigno de ser humano de Dazai (un contemporáneo de Sakaguchi), bien podría haber trabajado también con algunos de los cuentos de En el bosque, bajo los cerezos en flor, sobre todo por cómo se muestra afín en estos temas en obras como la famosa Tomie.
En las páginas de Sakaguchi, encontramos una pregunta que continúa resonando muchos años después de su muerte: ¿qué ocurre cuando descubrimos que bajo los cerezos no hay belleza, sino oscuridad? Así, el escritor japonés nos acompaña hasta el borde del bosque y nos deja allí, solos, mientras los pétalos siguen cayendo. Y ahí hallamos la lobreguez de la única iluminación que alcanzó Ango Sakaguchi: pocas imágenes resultan tan hermosas y tan aterradoras.
¡Hasta aquí este repaso de En el bosque, bajo los cerezos en flor de Ango Sakaguchi! Te recordamos las redes sociales de nuestra web. Podéis seguirnos en plataformas como Twitter, Bluesky, Instagram o Twitch.


























