¡Moshi, moshi, dango pockets! Siempre es un placer escribir sobre el mundo del anime para ustedes. En esta ocasión venimos a conversar un poco acerca de Journal with Witch (Ikoku Nikki), el bellísimo josei de la temporada de invierno 2026, ahondaremos especialmente en la relación entre Makio Kōdai y Asa Takumi, la amalgama principal de la obra. Por lo que puedes prepararte para los espóileres profundos.
Comenzaremos destripando un poco la idea de la «familia» y continuaremos aterrizándola en la relación de Makio con su familia biológica.
La idea de familia en el anime
En general, el anime nos permite reconocer diversas formas de familia desde la cultura japonesa. Desde esta perspectiva, resaltamos palabras como nakama que facilitan el asimilar las relaciones no consanguíneas como igual de válidas que las que sí lo son. Los vínculos por elección pueden llegar a ser tan vertebrales como los que son impuestos por nacimiento. En ocasiones, la carencia de cierto tipo de apoyo dentro del seno familiar inmediato se subsana con las amistades —u otros parientes más «lejanos»— que cumplen algunos criterios entendidos como necesarios desde la comprensión fraternal de los vínculos.
Recordemos que la estructura familiar en Japón —y en gran parte del mundo— es especialmente aprehensiva, destaca: el deber con los padres —independientemente del tipo que sean, considerando desde absolutamente ausentes hasta abusadores—, la glorificación de la madre —que por un lado, no permite mirarla más allá del rango de la maternidad y que limita desde sus sentimientos y deseos hasta sus relaciones y actividades—, que a su vez implica la ciega devoción de los hijos hacia ella; también están los vínculos con los hermanos mayores como figura de autoridad y guía o de cuidado y apoyo absoluto —que puede llevar a una carga densa—; entre un sin fin de relaciones arquetípicas dentro de la familia.

Recuperando todo lo anterior, podemos considerar que una cultura «intimista» —como comprendemos desde otro lado del mundo a la nación nipona— tiende a mantener las relaciones hacia dentro de los márgenes, mediadas por gestos suaves. Sin embargo, en la contemporaneidad se revelan mayores claroscuros de los vínculos a través de formatos más digeribles y expansivos para las audiencias.
No obstante, desde hace tiempo la tradición familiar ha sido destripada y expuesta de manera crítica, ya que como sistema rígido genera múltiples problemáticas para las personas, pese a que subsane otras. El sistema familiar permite un crecimiento económico mayormente sostenible a largo plazo y en general cómodo para los núcleos familiares: cuidar de núcleos pequeños es más sencillo que monitorear grupos amplios; estos últimos suelen estar a cargo del Estado.

Sin embargo, el sistema familiar también puede ser un engranaje opresivo y definitivo, es especialmente difícil deslindarse de él, debido a que la culpa, la vergüenza, la crítica ética y moral son estigmas ante el desapego familiar. En ocasiones estos juicios sostuvieron la subyugación de los vástagos, quienes han sido históricamente vinculados en nupcias o heredado una ideología inflexible junto a un negocio familiar de manera impositiva. Japón tiene un grave problema de expectativas familiares que implica la idea de éxito en múltiples esferas —desde la económica hasta la romántica—, y ello ha sido motivo de diversos fenómenos socioculturales como respuesta a lo insostenible de la expectación —estos van desde los hikikomori hasta las fujoshi—.
De manera previa, esta problemática en torno al régimen familiar ha sido expuesta por escritores nipones que van desde Osamu Dazai hasta Sayaka Murata, quienes han criticado con fervor el sistema familiar asfixiante de su cultura, que puede llegar a extremos voraces —incluso sin alegar directamente al estigma de la orfandad tras las Guerras Mundiales—.

No obstante, si bien esta corrosión existe, también nacen nuevas formas de familia que, en respuesta a esta dolencia, esclarecen el panorama de los vínculos fraternales con opción de ser elegidos, gestionados y mantenidos por mera voluntad, en caso de que los sanguíneos no sean «suficientes», «ideales» o «aceptables».
Hallamos múltiples historias que recalcan que ante el abandono, la marginación y otras formas de violencia, la vida es posible al lado de «otra» familia y comenzar de nuevo es ampliamente significativo, aunque requiere mucho valor. Demanda el coraje de dar la espalda a las convenciones sociales, así como la asimilación dolorosa de lo que se posee en contraste con los huecos de otras «historias jamás acontecidas».

Un ejemplo de ello son preciosos anime que elaboran acerca del dolor de la ausencia y el gozo de un nuevo refugio: Sangatsu no Lion y Spy x Family son dos casos que validan los vínculos y crean nuevos espacios seguros, sin embargo, en ellos la idea de la familia ejemplar vertebra la convivencia.
Por otro lado, hay ocasiones en que la familia nace con mayor libertad y amplia naturalidad, genera espacios amplios y luminosos repletos de comprensión, respeto y compasión, un caso es Dororo y otro es, claro está: Ikoku Nikki.
Ikokku Nikki y la familia Kōdai
En Ikoku Nikki, Makio Kōdai, la protagonista, consigue mostrarnos el cariño del cuidado fraternal en un formato inesperado y especialmente «único»; lo podríamos pensar como la luz del sol que penetró en las sábanas: un calor impregnado, lejano, pero sumamente íntimo, arraigado.
Makio Kōdai es una escritora, y de manera cliché, tiene sus propias formas de trabajar y de desenvolverse en el mundo. La cadencia y límite de sus palabras tiene una estructura firme pero sumamente cautelosa. Ahora, en cuestiones personales, posee un ferviente odio declarado hacia Minori, su hermana mayor. La historia comienza con la muerte de esta, Makio «la mira» por última vez en el tren, cuando va rumbo a encontrarse con su madre y Asa, su sobrina, tras enterarse del accidente.

Mientras están por reconocer los cadáveres, Makio se lleva a Asa un momento. En una cafetería realiza comentarios crudos pero altamente honestos: nada ha cambiado, sigue odiando a su hermana y no siente una tristeza especial. En correspondencia a estos sentimientos, el hecho de que Asa sea su sobrina no implica nada particular; es más, acaso la aleja, el odio es reflexivo: ella es descendiente directa de Minori. Makio tiene clara la idea, quizá nunca llegue a quererla.
La escritora se mantiene inflexible —y la crítica a las antiguas tradiciones se esclarece—: Makio no se someterá por meras convenciones sociales. Aún después de muerta, aborrece a su hermana. La muerte no cambia los hechos ni sus consecuencias.
Sin embargo, el duelo de Asa forzará a Makio a revisitar su relación con Minori. Desde los cálidos días de la infancia hasta los robustos juicios que Minori ejercía ante las convicciones escriturarias de Makio. Las heridas profundas que le causó son algo irreversible, pese a ello, hacia el final de la serie una idea traslúcida se hace presente: Makio difícilmente habría sido escritora sin una oposición tan agresiva.


La relación es compleja, Makio rememora y no «agradece» lo que su hermana la hizo transitar, no obstante, reflexiona. En medio de los ojos ausentes y las expresiones faciales rígidas al recordar los peores momentos, Asa nota algo más: Makio replica gestos de su madre —el despedirla cuando se va a la escuela— y ambas encuentran el fondo, tanto Makio como Minoru provienen del mismo seno materno: siguen siendo hermanas, pese a todo… Y sin embargo, eso no cancela el daño, acaso lo hace contundente.
Si bien siempre fue evidente que son familia, los gestos que se heredan y promueven con una cadencia única permiten observar las vísceras de manera más grotesca y al mismo tiempo tierna.


Las «dos madres» en Ikoku Nikki
Siguiendo la historia, Makio se rebela durante el velorio, no tolera los murmullos a su alrededor que elaboran acerca del trágico acontecimiento junto a las condolencias lastimeras que atiborran los oídos de todos, especialmente aturden a Asa.
Makio enfurece, la lástima no es compasión, y Asa, reconoce, no está acabada. Ahí mismo le dice que pueden vivir juntas, si a ella le parece bien. Aclara que no le ofrece esto por ser hija de su hermana, sino porque es un momento crítico por el que nadie debería pasar. Simplemente hace lo que está en sus manos.

En medio de este caos, Asa, que no tiene otro lugar al que ir, decide ir con Makio. Entre el trauma de la aceptación de la muerte de sus padres y el acostumbrarse a los particulares modos de vivir con su tía —que van desde el desastre de su hogar hasta las maneras en que logra socializar con los demás—, Asa termina por comprender mejor la relación que tuvo con sus padres y las formas en que Makio busca acompañarla ahora. No solo en su duelo, sino también en esta nueva vida que comienza.
Makio no desea maternar, sin embargo, es inevitable que lo haga. A final de cuentas, Asa sigue inmersa en este tipo de sistema. No pueden escapar de él, en vista de esto, busca tejer una nueva forma de acompañamiento, apoyo y conocimiento. Ella es la adulta, la tutora, va a validar los sentimientos de Asa, quien es una mujer libre, con conciencia para elegir y hacer cosas. Makio sabe que debe marcar límites y cuidar de ella, porque aunque desee reconocerla como un ente completo e independiente, sigue siendo una niña que aprende todo el tiempo y busca salidas a su frustración, desesperación y dolor.

No es algo sencillo, Makio no solo ofrece refugio a una mujer adolescente, sino que debe construir un espacio seguro para una niña que, sin darse cuenta, sigue caminando, con las entrañas saliendo de su cuerpo. Makio sí es capaz de verlo y justamente debido a su particular comprensión del mundo, logra crear un marco de desenvoltura muy único e ideal para el proceso de Asa. Con todo, no está dispuesta a sacrificarse por crearlo; y pese a esto, la carga es descomunal y ella misma se ve forzada a buscar fugas para mantenerse en pie.
Resuena todo el tiempo, ella no es una madre y no está dispuesta a responder a nada que implique una maternidad «ideal»: el sacrificio absoluto, la adoración impecable, la protección sin límites… Y así, sigue encarnando un contraste absoluto con su hermana, quien, desde el principio, guio su vida desde esa idea: encarnar el rol, perteneciendo a la sociedad con cadencia. Encerrándose en ella, siendo «una madre perfecta», pese a no desearlo realmente, hasta el último día de su vida.

De esta manera se entretejen dos formas de cuidar desde la idea de la maternidad. Minoru hizo «todo lo que debía»; Makio «hace todo lo que puede». Ninguna de las hermanas Kōdai deseaban ser madres, pero ambas terminaron siéndolo en cierta medida.
Makio desea apoyar a Asa en la forma en que ella necesita, pero no puede, y sabe que no debe, sacrificarse a sí misma en pos de ello. El equilibrio entre ambas cosas es complejo, y la introvertida escritora comienza a validarse mientras legitima a Asa y ofrece concesiones que jamás se habría planteado realizar.


La idea de la maternidad solía ser absoluta, no obstante, últimamente las obras de literatura universal buscan contar otras facetas de las historias de las madres: los picos de desesperación, la locura, la humillación, la soledad, el rencor, la represión, lo indeseable, la culpa… Desde Elena Ferrante hasta Yūko Tsushima se intenta entrever la complejidad de las voraces pasiones maternales. Todo ello da cuenta de que las madres son mujeres y que en ellas existe el caos como humanas que sienten y piensan más allá de sus vástagos.
Si bien Makio no considera que haya tomado ese rol —desde luego, tampoco lo desea—, ella es el único ancla al mundo que Asa posee y de manera inevitable elabora una figura de cuidadora y guía; de consuelo y atención. Es cierto, Makio no es una «madre perfecta», y es justamente que eso no existe.
Sin embargo, ha funcionado permitiéndole a Asa mayor independencia, tiene paciencia, es minuciosa al monitorearla y ha motivado su autoconocimiento. Makio simplemente rompe todos los moldes, pero se esfuerza en hacer los almuerzos, en visitar a su madre, en celebrar los cumpleaños, paga el techo y comida de ambas, se sobreesfuerza en considerarla y atenderla; y respondiendo a su personalidad mayormente individualista, esta nueva forma de convivencia es sencillamente maravillosa y esclarecedora.

A final de cuentas, Asa reprocha, no sabe si su madre la amó realmente, luego de todas las imposiciones que Minoru acató por pertenecer a algo y del control que ejercía sobre ella; al igual que Makio, que tampoco confía en llegar a amar a Asa con soltura, pese a todo, construyeron un espacio que ella pudo llamar hogar, donde puede ser lo que ella desee.
Y hasta aquí este artículo de Ikoku Nikki. ¿Les ha parecido que Makio va con el rol de «madre»? Los leemos en comentarios y por Twitter. Si les gustaría que escribamos de algo en particular, por favor, ¡háganoslo saber! Además, síganos en Instagram, Twitch o en nuestro canal de Discord. ¡No es una despedida, sino un hasta pronto!















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