¡Saludos, lectores de Hanami Dango! Aprovechando que acaba de publicarse su último tomo en nuestro país, hoy hablamos de uno de los clásicos del manga que siempre merece la pena ser descubiertos: Santuario de Sho Fumimura y Ryoichi Ikegami. ¿Estás dispuesto a descubrir qué mundo es más despiadado: el de la política o la yakuza? ¡Sigue leyendo!

«Nosotros estábamos empeñados en levantar como mucho un pequeño castillo. Para nada algo tan grande como un santuario, un santuario que residía dentro de su corazón».

Isaoka

El cadáver de un milagro

El «milagro japonés» fue cómo se denominó a la época en que Japón resurgió de sus cenizas tras la Segunda Guerra Mundial. Pese a que Estados Unidos juró que su enemigo jamás volvería a alzarse tras las bombas atómicas, el archipiélago se convirtió en pocas décadas en una superpotencia. 

Escritores como Matt Alt en el magnífico Pure invention investigaron los síntomas de este milagro, cómo los inventos y la cultura japonesa no solo influyeron dentro de sus fronteras, sino también fuera. Pero ¿existen los milagros?

El historiador y experto en Japón Jonathan López-Vera, en una entrevista que pude realizarle, me habló de cómo el supuesto milagro no fue tal: Estados Unidos invirtió ingentes cantidades en la recuperación de Japón para convertirlo en un escaparate del sistema capitalista frente a otros países asiáticos que habían optado por el sistema comunista, como China. 

Entre los 80 y los 90, fruto de una política dominada por el partido conservador, Japón parecía que estaba a punto de controlar el mundo.

Hasta que la burbuja económica explotó y los siguientes años se conocieron como «los años perdidos». De pronto, el sueño se hacía cenizas. 

En 1995 se produjeron los ataques con gas sarín al metro de Tokio, una muestra de lo que podía ocurrir cuando los movimientos sectarios campaban a sus anchas por el país. Ese mismo año se produjo también el trágico terremoto de Kobe. La recuperación fue protagonizada por unos personajes inesperados: los miembros de la yakuza, el crimen organizado nipón. 

A medida que Japón se acercaba al 2000, el fin del mundo, más que una amenaza, se convertía en una esperanza frente a tanto dolor. Pero ¿podía cambiarse ese aciago destino?

Fue justamente a comienzos de los 90 cuando un cómic sobre políticos y yakuza captó a la perfección qué significó esa época para el país y, por ende, para el mundo. Hablamos, por supuesto, de Santuario de Sho Fumimura y Ryoichi Ikegami.

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En 1996 se estrenó la versión live action del manga.

El precio de cambiar el mundo

En el año 2000, en España, Nach estrenó el tema Cambiando el mundo, un rap que mediante la antítesis retrataba lo paradójico de nuestra realidad. En uno de sus versos cantaba: «que los villanos sean héroes, / que los héroes sean villanos». Inesperadamente, esta declaración de intenciones la encontramos también en Santuario.

En el manga, dos amigos, Chiaki  Asami y Akira Hōjō, juran cambiar Japón desde dos estratos muy diferentes. Uno como político (Asami), otro como miembro de la yakuza (Hōjō). Ambos comprenden que solo desde la política y el crimen se puede cambiar el mundo y que, a menudo, el fin justifica los medios. Así comenzarán un desafío para que el país nipón cambie los viejos paradigmas y pueda dar un paso hacia el futuro desde el terreno de la democracia corrupta y el crimen mafioso. ¿Lo lograrán?

Para descubrirlo, hay que leer la obra. Sin duda, una vez concluida, Santuario ha sido una de las sorpresas más gratas de los últimos meses. La edición de Planeta Cómic, compuesta de seis tomos, ha recuperado este manga que muchos podríamos considerar ya un clásico dentro del género del thriller. Durante estos meses, no he dejado de recomendarlo. Pienso que es uno de esos mangas que hay que reivindicar. 

Pero siempre que lo recomendaba añadía lo mismo: son dos amigos, un yakuza y un político, y, sorprendentemente, el mundo más despiadado y cruel es el de la política, lo que nos deja claro hacia dónde nos lleva la degeneración de la democracia y, por tanto, de nuestro mundo.

Un pequeño apocalipsis a gran escala

El término «apocalipsis» nos hace pensar en el fin del mundo, pero realmente no significa la muerte completa y total. Significa «revelación», el momento en que el mundo en el que vivíamos termina, pero también empieza un nuevo. Los personajes de Santuario buscan eso, el final de una época decadente y el comienzo de un nuevo tiempo. Pero, a menudo, aquellos que vislumbran el apocalipsis son los que eligen luchar para evitar la repetición de los horrores del pasado, horrores como los producidos en Camboya.

Saloth Sar fue el nombre de nacimiento de Pol Pot, el dictador que sembró el terror en Camboya durante la década de 1970. 

Al frente de los Jemeres Rojos y movido por un fanatismo ideológico extremo, impulsó una transformación radical de la sociedad camboyana que provocó la muerte de alrededor de dos millones de personas a causa de ejecuciones, trabajos forzados, hambre y enfermedades. 

El régimen persiguió especialmente a quienes consideraba enemigos de su proyecto revolucionario, entre ellos intelectuales, profesionales y personas con formación. Incluso determinados signos asociados a la educación, como hablar idiomas extranjeros o llevar gafas, podían despertar sospechas y contribuir a que alguien fuera perseguido, encarcelado o ejecutado.

De ese horror nacen Asami y Hōjō, los dos protagonistas, que buscan evitar que ese mal vuelve a producirse y, para ello, están dispuestos a pagar cualquier precio. ¿Su sueño? Construir ese santuario que da nombre a la obra y que supone una esperanza frente a la degeneración.

El encargado de relatar esta batalla es Sho Fumimura, el nombre con el que firmó algunas de sus obras el escritor Yoshiyuki Okamura, también conocido como Buronson. Célebre por la creación de El Puño de la Estrella del Norte, una obra que ha inspirado cientos de mangas (y que si visitas Japón verás en multitud de pachinkos), es un autor que destaca por crear historias que atrapan al lector incluso cuando el género, a priori, no sea el que más le llame la atención. 

En Santuario, nos habla sobre el corazón de Japón, desde el entramado político conservador que controla el país desde la Segunda Guerra Mundial hasta el mundo de la yakuza, que ya en los 90 se enfrentaba a su posible fin. 

Y pese a que la obra sea eminentemente japonesa, aunque se mencione la Guerra Fría y aparezcan personajes estadounidenses o rusos, también hay una raíz que puede conectar con el lector de cualquier lugar: Chiaki Asami y Akira Hōjō son dos jóvenes que intentan cambiar un mundo poseído por una generación anterior que se aferra al poder y no quiere soltarlo. Es lo que también pasa en nuestro mundo una y otra vez.

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Dos amigos y un mismo objetivo: cambiar Japón, pero desde dos terrenos de juego distintos y, a la vez, muy similares: la política y la yakuza.

El tiempo frente a Santuario

Santuario, publicada entre 1990 y 1995 en la revista Big Comic Superior, es deudora de su época y de su visión del mundo. Más allá de algún arranque nacionalista (que lo tiene), puede que lo más polémico que tenga, si lo sometemos a la visión actual, sea el retrato que hace de la mujer, la prostitución, el sexo, la ambición… 

Muchas veces la mujer es convertida en un objeto y cuando nos presentan a un personaje como Ishihara Kyoko, la subcomisaria de policía, que tiene mucho poder al principio, va quedando poco a poco relegada a un segundo plano.

Del mismo modo que se acusó a El Padrino de Mario Puzzo y Francis Ford Coppola de idealizar el crimen (cosa que me temo que en realidad no hace, salvo que malinterpretes el mensaje de la obra), podría acusarse a Santuario de aupar la visión de la yakuza como la única esperanza de un mundo que ha perdido la esperanza, lo que me hace pensar en la intervención del crimen organizado en la reconstrucción de Kobe o el terremoto de 2011 (dos labores de marketing de la yakuza).

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Por mucho que una obra retrate el falso glamur del mundo del crimen, quizá la responsabilidad de separar realidad y ficción esté en el lector.

Héroes y villanos

Más allá de las polémicas, si Santuario funciona es porque sus creadores nos plantean que sus dos protagonistas son dos perfectos jugadores de la maquinaria del poder. Asami y Hōjō saben en todo momento lo que está por venir o pueden dar bandazos para enfrentarse a sus enemigos, ya sean yakuza o políticos. Eso nos recuerda mucho a otros cómics japoneses con personajes formidables. 

Para mi generación, que se enfrascó en el manga a principios de los 2000, pensamos en las obras de Naoki Urasawa o en Death Note, donde contamos con protagonistas que, en ocasiones, parecen capaces de leer el propio guion.

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Carátula de la película de animación que adaptó en 1996 la primera parte del manga.

Pero aparte de sus protagonistas, también tenemos personajes secundarios brutales. Por un lado, en el mundo de la política, tenemos a un viejo, Isaoka, que controla el Partido Democrático hasta las últimas consecuencias y se convierte en un digno adversario de nuestros protagonistas. Me encantaría leer a algún experto en política japonesa que utilice a este personaje para hablarnos de la política real de la Dieta (el parlamento japonés). 

Por otro está Tokai, uno de los yakuza que representa el crimen más salvaje y despiadado, a esos yakuza que abrazan el crimen, segregan masculinidad tóxica y es incapaz de dejar de lado lo que es: un ser criado por y para el crimen; pese a que sea el personaje con una moralidad más cuestionable, los autores siempre lo dotan de un carisma que ya querrían otros.

Por el camino, Santuario crece y crece y va desarrollando diferentes tramas que nos permiten saber más de una época que, aunque jamás volverá y estuvo llena de sombras, nos evoca ese fin del sueño en el que siempre creemos habitar.

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Tokai de Santuario forma parte de ese tipo de personajes más que cuestionables, como Trevor de GTA o Kenny de Shingeki no Kyojin.

Luces y sombras del santuario japonés

En 1980, Miki Matsubara cantó Stay with me, una balada de city pop donde la cantante hablaba de su deseo de amar en un Japón que vivía una época de esplendor: un Tokio nocturno de innumerables luces. Ese espejismo de rascacielos y templos. De futuro y pasado, pero ante todo un presente que debía aprovecharse antes de que se perdiese.

A finales de aquella década, Matsubara perdería parte de su fama. No obstante, siempre quiso protagonizar su regreso a la música y no dejó de componer, grabar canciones y soñar con volver a estar con todos nosotros, como con su famoso tema.

Sin embargo, en contra de todos sus sueños, fue diagnosticada de un cáncer uterino. Murió el 7 de octubre de 2004. Pocas semanas antes, al saber que se acercaba su fin, quemó gran parte de todas aquellas canciones que había escrito para aquel regreso a la música que jamás se produciría.

Muchos años después, gracias a las redes sociales, Stay with me se convertiría, con el permiso de las bandas sonoras de Joe Hisashi o los temas de los filmes de Makoto Shinkai, en el tema que acompañaría a innumerables reels sobre Japón.

Parte de esa melancolía de la voz de Matsubara está presente en las páginas de Santuario. Una obra sobre la lucha, los sueños rotos, los propósitos, el crimen… El dibujo de Ryochi Ikegami aporta un toque clásico (y nostálgico) que tan bien le sienta a Santuario. 

Pese a que en algunos momentos la narrativa pueda ser algo estática, Ikegami siempre consigue contar lo que el guion quiere. Como pero podríamos sumar que algunos rostros resultan similares o que su fuerte no suele ser el dibujo de las mujeres. No obstante, nos regala grandes ambientaciones y buenas escenas de acción. 

Entre las fórmulas que utiliza el dibujante, está el empleo de fotografías, por ejemplo para mostrar la foto de los dos protagonistas junto a otros niños camboyanos. 

Con un estilo muy alejado de las fórmulas popularizadas en el estilo del cómic japonés, puede ser perfecto para aquellos que todavía no hayan empezado con el manga o que quieran un toque más realista. 

Como curiosidad, Ikegami también elaboró varias ilustraciones del manga de Spider-Man con el que Marvel intentó entrar a tierras niponas.

La vida tras Santuario

Los dibujos de Ikegami y la historia de Fumimura darían pie a un OVA que se estrenó en 1996 y adaptó la primera parte de esta obra, bajo la dirección de Takashi Watanabe. Ese mismo año también se estrenaría un live action, dirigido por Yukio Fuji. 

No es de extrañar, ya que la obra es perfecta para ser trasladada al cine. Aún así, todavía esperamos una adaptación de gran presupuesto (y mejor guion, dirección y reparto) que haga justicia al manga, aunque ¿por qué no acudir al original, en vez de al remedo? No necesitamos adaptaciones que «legitimen» un manga. El manga (y el anime) es una forma legítima de contar historias. Y para muestra, Santuario. 

Finalizada en 1995, un año tan decisivo para Japón, Santuario tiene un desenlace que, personalmente, deja algunos leves cabos sueltos, pero consigue cerrar como debía hacerlo. Esto hizo que se convirtiese en uno de los grandes superventas del manga japonés y es un título perfecto para ser descubierto por todos aquellos que se sientan fascinados por las buenas historias de género criminal y por todos aquellos que aún piensan en ese Japón al que nos lleva el city pop de Miki Matsubara.

Hoy, muchos tarareamos esta canción mientras leemos Santuario y sabemos más de aquel Japón que jamás volverá, que solo se quedó grabado en nuestro recuerdo, como las sombras de rascacielos como el Sunshine City o templos sin nombre, como las luces fugaces de una ciudad que nunca existió. Como el corazón de nuestro propio santuario.


¡Y hasta aquí la reseña de Santuario! Esperamos haberte convencido para que leas el manga. Te leemos en los comentarios y te recordamos las redes sociales de nuestra web. Podéis seguirnos en plataformas como Twitter, Bluesky, Instagram o Twitch.

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