Hola a todos, lectores de Hanami Dango. Hoy hablamos de la novela Tokio, estación de Ueno de Yū Miri y de la película Tokyo Godfathers de Satoshi Kon para tratar la exclusión social y la mendicidad en Japón, un tema que muchas veces se prefiere invisibilizar. Sin embargo, una vez más el arte demuestra su capacidad de enseñarnos aquello que no se quiere ver.

El Parque de Ueno es uno de los espacios más célebres de la capital japonesa. Inaugurado en 1873, es uno de los más antiguos de todo el país. Aparte de su cercanía a la estación de metro y su enorme extensión, cuenta con todo tipo de lugares populares: el lago de Shinobazu, el Parque Zoológico, templos, museos…
A nivel histórico, además, tiene su importancia, ya que en él está la estatua de Saigo Takamori, el último samurái que luchó frente al emperador cuando se derrocó a su antigua casta guerrera.
Sin embargo, a nivel social, Ueno es también uno de los puntos donde más personas sin hogar han encontrado refugio a lo largo de los años, un hecho que, como la propia mendicidad, es ignorado en el país del sol naciente, pero también en el resto del mundo.
Las sombras de un milagro
Después de la Segunda Guerra Mundial, Japón protagonizó el llamado «milagro económico». De las cenizas de la guerra, el país nipón resurgió para ser una superpotencia. ¿Cómo fue esto posible? Hoy, muchos economistas e historiadores siguen estudiándolo, y algunos como Jonathan López-Vera señalan cómo Estados Unidos, quien controlaba el país en la sombra desde la rendición de la Segunda Guerra Mundial, utilizaron a Japón como escaparate del sistema capitalista frente a los países comunistas de su entorno, como China o Vietnam.
Pero más allá de la Guerra Fría, dicha burbuja económica explotó a finales de los 90 y dio paso a las llamadas «décadas perdidas». Durante ese período (y todavía hoy), se prefirió olvidar a las personas sin recursos que habitaban en las calles de Tokio.
En Japón la mendicidad está penalizada por la Ley de Delitos Menores (con penas como multas) y la sociedad tiene poca tolerancia con los sin techo, a los que cataloga de despojos que perdieron todo mediante el juego (sin tener en cuenta estas u otras circunstancias).
Al mismo tiempo existen leyes para ayudar a las personas que sufren esta problemática y programas de ayuda social, aunque la fragilidad de la red asistencial deja a muchos excluidos. En 2019, por ejemplo, hubo una polémica cuando un refugio no aceptó a dos personas sinhogar durante el tifón Hagibis.

La «cacerías» de vagabundos
Según El Confidencial, el número de personas sin hogar ha disminuido un 77% desde 2009, según datos del gobierno nipón. En 2018, esta fuente cifraba en 1242 personas sin techo en su capital y unas 4.977 en todo Japón. Según censos oficiales, Japón es uno de los países con menos sintechos, pero que haya pocos, no quiere decir que pueda ignorarse.
Para las autoridades, dichas personas solo importan cuando el emperador visitaba el entorno o se preparaban los Juegos Olímpicos. En esas fechas, se realizan «cacerías de vagabundos». Desde el Ayuntamiento, se ordenó a los sintecho que abandonasen sus campamentos.
Por ejemplo, el 20 de noviembre de 2006 (antes de una visita del emperador Akihito) todas las koya (chozas improvisadas) fueron evacuadas del parque. De igual forma, antes de grandes citas como los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 se intensificaron redadas y desalojos en parques y calles céntricas. Todo ello para mirar a otro lado, como lo hacen muchos cuando un mendigo les pide limosna.

Los fantasmas de Tokio
En Tokio, estación de Ueno, se nos narra la vida en la calle durante una de estas «cacerías». Yū Miri, periodista y escritora japonesa de ascendencia coreana, cuenta en las últimas páginas del libro cómo se documentó para relatar la historia de su protagonista, Kazu.
Miri podría haber convertido su trabajo en un reportaje periodístico, pero optó por crear esta novela que bien podría ser catalogada de no ficción, como otras obras del Nuevo Periodismo.
La importancia de este título hizo que ganase el National Book Award de Literatura Traducida y fuese adaptada al español por Tana Ōshima para la editorial Impedimenta.
Mediante la contemplación de la realidad, la obra sigue la vida de Kazu, un mendigo del Parque de Ueno, y con ella traza un reflejo de la vida de cada uno de los japoneses, pero también de cada uno de nosotros, mediante la tristeza y la melancolía que aparecen en cada una de sus páginas.
Era así como la vida seguía su cauce. Aunque el tiempo trace una línea recta entre el ayer, el hoy y el mañana, en la vida realmente no hay un pasado, un presente y un futuro. A cada uno de nosotros nos toca cargar con una cantidad inconmensurable de tiempo, casi insostenible, y con ese peso vivimos, y con ese peso morimos
Yū Miri, Tokio, estación de Ueno
Como muchos japoneses, Kazu emigró buscando una vida mejor para su familia. Se dedicó a la pesca y a la construcción durante la burbuja económica. Y cuando pensó que todo iba bien, su hijo falleció con tan solo veintiún años y, tiempo después, perdió también a su esposa.

Sintiendo que era carga para su nieta, decidió abandonar a su familia y vivir en las calles. No es un hecho insólito, ya que más de cien mil de personas desaparecen en Japón al año. La idea de no querer ser una carga para otros pesa demasiado en los propios japoneses.
La historia de Kazu evoca de cerca la vivencia de Sadao Kawamura, quien a los 77 años vivía en el Parque de Ueno. Tras el colapso de la burbuja financiera e inmobiliaria japonesa en la década de 1990, Sadao perdió su puesto de trabajo; desde entonces, subsistió con empleos precarios que apenas le alcanzaban para costear hostales económicos o pernoctar en cibercafés. Al superar los cincuenta años, la búsqueda de empleo se complicó drásticamente y, pese a contar con formación en Derecho y una trayectoria laboral previa, terminó en la indigencia.
Tras la lectura de Tokio, estación de Ueno, muchos lectores interpretan que Kazu ha muerto y nos relata su vida como un fantasma. Sin embargo, en la realidad, fallecido o no, ¿acaso la sociedad no convierte a las personas sinhogar como Sadao Kawamura en fantasmas invisibles que pueden ignorar?
La vida en las calles
Otra obra que también trata la situación de las personas que viven en la pobreza es la conmovedora película Tokyo Godfathers de 2003. En ella, en vísperas de Navidad, tres vagabundos (Hana, Yin y Miyuki) deben ocuparse de un bebé abandonado, como si de una especie de Reyes Magos se tratase. Esta cinta, perfecta para cualquier momento del año pese a su enfoque navideño, guarda paralelismos con Tres padrinos (John Ford, 1948, remake de Tres desalmados de Richard Boleslawski, 1936) y una obra maestra del cine en blanco y negro, como lo es El chico (1921) de Charles Chaplin.
Durante el film, también se indaga en qué llevó a cada uno de sus personajes a vivir en las calles. Lejos de la adicción a las pachinko que señalan muchas personas en base a sus prejuicios, hay jóvenes que huyen de sus hogares, como Miyuki, una de los Toyoko Kids, o personas como Hana, una mujer trans que, debido a la marginación, se ha visto abocada a vivir en las calles.
El verdadero veneno de la aporofobia no es solo el rechazo al pobre, sino la complacencia con la que asumimos que su situación es merecida. Nos cuesta mirar más allá y analizar las fracturas que los arrastraron hasta ahí. Practicar la empatía nos forzaría a admitir una realidad incómoda: que son personas como cualquiera de nosotros y que, por puros azares del destino, hoy duermen en la calle.
En Tokio Godfathers, además, Kon se atrevió a mostrarnos la autenticidad de Tokio a través de todas esas historias que no se cuentan, tal y como afirmó en una entrevista:
Lo que me interesaba de verdad eran las callejuelas y toda esa gente que aparece en ellas, personajes que, cuando necesitan comer, terminan yendo al vertedero a buscar algo allí. En escenas así se deja ver un Tokio poco habitual, un Tokio auténtico, como si el espectador estuviera mirando algo a escondidas. Quizá lo que muestra la película no sea una representación fiel de Tokio en su conjunto, sino de un rincón muy concreto de esas callejuelas, pero precisamente ahí, en esos fragmentos casi ocultos, es donde se alcanza a ver un Tokio real. Tal vez esa mirada parcial, ese pequeño atisbo de algo que normalmente permanece fuera de la vista, sea lo que termina construyendo una sensación de realidad.
Satoshi Kon
Así, antes de su prematura muerte, el director de joyas como Perfect Blue, Milenium Actress o Paprika, detective de sueños, Satoshi Kon dirigió su excepcional mirada hacia las personas que el resto de la sociedad prefiere fingir que no existen.
La doble cara de la sociedad
Tanto Tokio, estación de Ueno como Tokyo Godfathers son dos obras fundamentales que destacan la vulnerabilidad y dignidad de los marginados. Ambas ofrecen un contrapunto a la invisibilización oficial de la pobreza. Nos permiten ver a aquellos que convertimos en fantasmas de nuestra sociedad, mientras, sin saberlo, nosotros mismos nos transformamos en demonios de este infierno.
Podríamos pensar, en un arrebato de ingenuidad, que esto solo ocurre en Japón, cuando ocurre en todo el mundo, en cualquier momento. Los mundiales de fútbol son otro ejemplo paradigmático. Otro actual podría ser la visita del Papa a Canarias, ¿qué ocurrirá con las tres mil personas (casi tantas como las de todo Japón en 2018) que viven en las calles de Tenerife durante esas fechas? ¿Y después?
Decoramos nuestra realidad, la revestimos de oropel, e intentamos convertir en fantasmas a los más necesitados. ¿Qué dice eso de nosotros y de nuestro mundo? Dudamos que algo bueno.
o nunca llevaba ninguna foto encima. Pero las personas que se fueron, los lugares que dejé atrás y el tiempo que ya pasó siempre estaban presentes, en frente de mis ojos. Yo vivía de espaldas al futuro, evitándolo, mirando solo al pasado. Lo que sentía no era añoranza ni nostalgia, no era nada tan dulce. Simplemente no podía soportar el presente y el futuro me aterrorizaba, y cuando me quise dar cuenta estaba hundido en un pasado que una vez acontecido ya no podía llevarme a ninguna parte. No sé si el tiempo llegó a su fin o si se detuvo temporalmente; no sé si es algo que puede rebobinar y empezar de nuevo, como una película. O puede ser que el tiempo me expulsara para siempre. No lo sé, no lo sé, no lo sé…
Yū Miri, Tokio, estación de Ueno
Hasta aquí este post. Esperamos que os haya hecho reflexionar sobre la realidad de Japón y de todo el mundo. Te recuerdo las redes sociales de nuestra web. Podéis seguirnos en plataformas como Twitter, Bluesky, Instagram o Twitch.


























